Layla MARTÍNEZ

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Intervención del proyecto SenseMurs. «Conexión y fragmentación territorial», obra de Gonzalo Borondo. Naturaleza muerta pintada con espray y tinta china sobre un lienzo de balas de paja. Foto: Juanmi Ponce

Toda mi familia es de un pueblo pequeño de la Alcarria conquense. A pesar de haber vivido allí durante generaciones, en los años sesenta una parte de ella fue obligada a trasladarse al extrarradio de una gran ciudad, en este caso Madrid. La historia de mi abuela y mi abuelo por parte de madre es la de muchas otras personas inmigrantes del éxodo rural. La industrialización salvaje del campo y la necesidad de mano de obra barata para la construcción les llevaron a una chabola en Vallecas y a jornadas laborales de doce horas que apenas daban para comer.


Los desalojos de las infraviviendas de Vallecas les hicieron acabar en Aluche, también en el extrarradio pero al otro lado de la ciudad. No les importó cambiar de barrio porque en realidad nunca vivieron en él. Aquel piso de 40 metros cuadrados era solo un lugar donde dormir hasta que podían volver al pueblo. Todos los fines de semana, todas las fiestas y todas las vacaciones se pasaban allí. Madrid no significaba nada, no era más que un trámite, una molestia.

Mi abuela y mi abuelo por parte de padre, en cambio, nunca se fueron del pueblo. Allí criaron a mi padre y allí empezó a salir con mi madre, durante unas fiestas de verano. Mi padre también acabó teniendo que emigrar, las necesidades del mercado cambiaban y las tierras del abuelo no podían sostener a toda la familia. La historia se repetía. El mismo viaje por los mismos motivos y el mismo barrio del extrarradio.

Mi hermano y yo nos criamos en una familia rural que sin embargo habitaba la periferia madrileña. Recogíamos las aceitunas, hacíamos la matanza, nos enfundábamos el traje de apicultor. Y a la vez vivíamos en un vecindario de clase obrera, con su cultura de barrio y sus problemas. Gran parte del mismo también era inmigrante, la mayoría había venido de pueblos de Castilla, como mi familia, pero también de Extremadura. Y vivíamos en esa cultura rural atravesada por el barrio.


     Mi hermano y yo nos criamos en una familia rural que sin embargo habitaba la periferia madrileña. Recogíamos las aceitunas, hacíamos la matanza, nos enfundábamos el traje de apicultor.  
 

Sin embargo, al llegar a la adolescencia descubrimos que ser de pueblo estaba mal. La gente de pueblo era inculta, ignorante, conservadora, reaccionaria. Se había quedado atrasada, se empeñaba en conservar costumbres y valores que tenían que pasar cuanto antes al vertedero de la historia. En realidad aquellos prejuicios no eran nuevos, quienes nos precedieron, madres y abuelos, los habían sufrido, pero a mi hermano y a mí nos cayeron encima entonces, siendo adolescentes. Y la tele nos confirmaba constantemente esa visión. Los personajes de pueblo aparecían con la boina calada y los pantalones atados con una cuerda. Se ridiculizaba su acento, se les presentaba como imbéciles, se hacían bromas sobre el hecho de trabajar en el campo. Cada mediodía comíamos con el personaje de Cletus, de Los Simpson, que se encargaba de mostrarnos que los paletos eran idiotas, tenían los dientes hechos polvo y estaban próximos a la endogamia. Quién iba a querer ser como ellos. Nosotras no.

Aquellos prejuicios no se redujeron con los años. La llegada al poder de Donald Trump en enero de 2017 supuso la aparición de numerosos análisis que intentaban explicar las causas de su victoria electoral. La conclusión fue unánime: el voto del interior rural de Estados Unidos era lo que había aupado a Trump hasta la presidencia. Las elecciones se presentaron como el resultado de la confrontación entre una América progresista, culta y tolerante, que se identificaba con las grandes ciudades, y una América reaccionaria, inculta y racista, que se identificaba con las zonas rurales del interior del país. Tras el desconcierto inicial, aparecía por fin alguien a quien culpar: el paleto racista y conservador, el hillbillie desdentado y semianalfabeto, el redneck que todavía guardaba en el armario el traje del Ku Klux Klan.


     La llegada al poder de Donald Trump en enero de 2017 supuso la aparición de numerosos análisis que intentaban explicar las causas de su victoria electoral. La conclusión fue unánime: el voto del interior rural de Estados Unidos era lo que había aupado a Trump hasta la presidencia.  
 

Estos análisis eran demasiado simplistas y enormemente tendenciosos, pero eso no importó demasiado. Encontraron eco porque confirmaban la visión mayoritaria sobre la población rural, porque refirmaban los estereotipos negativos acerca del campo que ya había previamente en la sociedad. Aquí existían esos mismos prejuicios, así que el discurso encontró eco enseguida. Los estereotipos sobre la población rural estadounidense se encontraban con nuestros propios prejuicios sobre el campo del Estado español. La basura blanca americana, los millones de Cletus desdentados y analfabetos que deambulaban por los aparcamientos de caravanas, se encontraban con la población jornalera andaluza que se gastaba la paga del PER en el bar, con los agricultores y las agricultoras que vivían de los subsidios europeos, con paletos y paletas de la meseta que votaban en masa a la derecha. Los años pasaban, el capitalismo salvaje y los problemas de desempleo y despoblación acababan con lo que quedaba de la cultura campesina, pero el desprecio seguía siendo el mismo que había vivido mi familia.

FONDOS DE PANTALLA DE WINDOWS Y PAN CONGELADO

Cuando acabé los estudios me fui a vivir a mi pueblo. Allí me ofrecieron la oportunidad de trabajar en Asturias a través de un programa de formación de jóvenes del medio rural. El lugar de trabajo estaba en pleno Picos de Europa, así que no me lo pensé mucho. Unas semanas después estaba aprendiendo a diferenciar razas de cabra, amasando queso y, sobre todo, limpiando muchos establos. El pueblo en el que vivía tenía 118 habitantes, prácticamente como el mío. Sin embargo, en verano ese puñado de habitantes se multiplicaba y el pueblo parecía abarrotado. Acababa de encontrarme con el turismo rural.


     El pueblo en el que vivía tenía 118 habitantes, prácticamente como el mío. Sin embargo, en verano ese puñado de habitantes se multiplicaba y el pueblo parecía abarrotado. Acababa de encontrarme con el turismo rural.  
 

La convivencia con el turismo era complicada y estaba llena de tensiones. Recuerdo perfectamente la primera vez que me hicieron una foto. Llevaba una carretilla cargada con dos lecheras llenas y había estado todo el día currando. Tenía las botas de goma hasta arriba de estiércol, iba vestida con una camiseta vieja y unos pantalones de chándal, el recogido del pelo era una maraña que incluía barro y paja y el flequillo se me pegaba a la frente por el sudor. No vi al turista hasta que oí un «¡eh!». Giré la cabeza y en ese momento me hizo una foto. No me pidió permiso, no me preguntó. Únicamente me chistó para conseguir un plano mejor. Me cabreó un montón. Aquel imbécil recién salido de la sección de montaña de Decathlon acababa de hacerme una foto sin permiso, como si yo fuese algo que enseñar a sus amistades, algo que colgar en su cuenta de Instagram. Como si yo fuese una atracción turística.

En realidad lo era, aunque eso lo entendí más tarde. El tipo de turistas que visitaban el pueblo venían buscando un mundo rural idealizado, una visión idílica del campo que solo existía en las campañas de promoción del turismo. Según eso, aquel pueblo era el lugar de la autenticidad y la tradición, el sitio donde se conservaban los valores importantes y las formas de vida que merecen la pena. No importaba la clase social o la ideología, la idealización del campo está presente tanto en la extrema derecha que lo asocia con la pureza y la autenticidad de la patria hasta la izquierda radical que ve en la huida al campo una forma de vida anticapitalista y rebelde frente a las exigencias del sistema. Y esta idealización es solo otra forma más sutil de desprecio, porque quienes habitan en el medio rural no se ven como iguales. No tienen derecho a vivir simplemente sus vidas: tienen la obligación de responder a las expectativas ajenas. Y cuando no lo hacen son paletos.

El turismo rural potencia y explota una visión idealizada del mundo rural, en la que el campo aparece como un fondo de pantalla de Windows: un lugar sin problemas ni conflictos, donde la población urbanita puede descansar y reconectar con lo verdaderamente importante. La población rural está obligada a proporcionarle este descanso manteniendo la visión idealizada que se espera de ella. Cuando no lo hace, las turistas se sienten decepcionadas y estafadas. Les molesta que las personas que habitan en el medio rural prefieran comprar el pan congelado en Mercadona que levantarse a las cinco para cocerlo ellas mismas, que los domingos se coman una hamburguesa en el Burger King de la ciudad más cercana o que lleven polares Northface y no jerséis tejidos a mano.


     El turismo rural potencia y explota una visión idealizada del mundo rural, en la que el campo aparece como un fondo de pantalla de Windows: un lugar sin problemas ni conflictos, donde la población urbanita puede descansar y reconectar con lo verdaderamente importante.  
 

La decepción del grupo de turistas cuando veían las bañeras reutilizadas como abrevaderos y los somieres para cerrar prados no se dirigía contra una industria turística que les había vendido algo que no era real, sino contra las personas que habitan el medio rural. La romantización pasaba a ser desprecio directo y, de nuevo, como me había sucedido en la adolescencia, éramos paletos, incultos, ignorantes, reaccionarios. La mirada idealizada del urbanita se transformaba rápidamente en una mirada de superioridad, porque en realidad el desprecio siempre había estado ahí.

El abandono al que es sometido el campo produce muchas dificultades para sus habitantes, pero los problemas no van a solucionarse con abrir otra casa rural. Los pueblos necesitan trabajo, infraestructuras, servicios, planes de vivienda que permitan fijar población. Se necesita una buena red de transporte público y no un museo etnográfico, buenas conexiones a internet y no cursos de envasados caseros, puestos de trabajo y no una ruta por los oficios desaparecidos. Las personas que viven en el medio rural no merecen el desprecio de las urbanitas, pero tampoco necesitan su idealización romántica.

 

Layla Martínez
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