Del Moncayo al mundo

Elisa Navarro

Lucía y Natalia son ganaderas. Ganaderas de abejas —y no me estoy equivocando—. Al cargo de 700 colmenas en invierno y 1500 en verano, pueden llegar a reunir hasta 30 000 o 40 000 ejemplares de estos insectos. Ambas son naturales de Zaragoza y hace ocho años eligieron vivir en Talamantes, ya que la familia de Lucía es originaria de este municipio, para desarrollar un tipo de ganadería valiente y pionera en este pequeño pueblo que se enclava en la ladera de las peñas de Herrera, al oeste de la cima del Moncayo.

 
Abejas Moncayo Natalia y Lucia

Natalia y Lucía, de Abejas del Moncayo. Foto: Natalia Lainez

Abejas Moncayo Lucia y el Moncayo

Lucía, el Moncayo y Talamantes. Foto: Natalia Lainez

 

Llegar a Talamantes es una preciosa odisea. Una estrecha carretera serpenteante conduce hacia este pueblo de piedra que no es sino una extensión de la propia naturaleza y que lo convierte en el lugar perfecto para la cría de abejas de manera libre y natural.

Desde que empezaron en el negocio, sin apenas conocimientos previos, Natalia y Lucía aprendieron rápido que la clave del éxito residía en acoplarse al ritmo vital de la abeja. Así, durante el invierno —periodo en que estos animales hibernan— pueden llevar un ritmo más humano a pesar de que siempre hay tareas de mantenimiento, rondas o almacén. Sin duda, se trata de un momento de impulso para prepararse para la primavera, cuando estas mujeres, al igual que sus abejas, pueden llegar a trabajar hasta tres turnos consecutivos de lunes a domingo e incluso por las noches cuando hay que moverlas de lugar.

Así, las abejas y las ovejas, en apariencia solo unidas por el nombre, comparten también las trashumancias, un pastoreo caracterizado por estar en constante movimiento, al adaptar su actividad en función de unas zonas de productividad cambiante.

 
   Natalia y Lucía aprendieron rápido que la clave del éxito residía en acoplarse al ritmo vital de la abeja.   
 

Por eso, cuando el frío acecha, Lucía y Natalia mueven sus colmenas a cotas bajas donde las condiciones serán más favorables al inicio de la primavera. Y solo con el calor, volverán a alturas de hasta 1400 metros. Es la llamada trashumancia de la colmena.

Del Moncayo a cualquier punto de España en menos de 12 horas

—Un kilo de abejas al sur de España, por favor.

«Llama el cliente, te dice un poco lo que necesita, le aconsejas y le envías por mensajería sus abejas», explican.

Conviene aclarar que la actividad de estas mujeres no es la producción y venta de miel, sino la de abejas. A través de un servicio de mensajería especial de animales vivos, hacen llegar su producto (abejas al peso o abejas reina) con un margen de unas doce horas a cualquier punto de España.

Evidentemente, se trata de un servicio de transporte muy especial. Entre otras muchas razones, porque la abeja es uno de los animales más sensibles del planeta. Así, en envases de malla ventilados y unas condiciones óptimas de transporte, se controla que la temperatura sea en todo momento la adecuada, que no sufran en el trayecto y que no se salgan del camión.

Lucía y Natalia no pueden asegurar con certeza que sean las únicas en distribuir abejas vivas en Aragón, pero lo que sí las distingue dentro del sector es la selección genética; esto es, diferenciar a las abejas según su función y comportamiento.

«Como ganado que es, aunque la abeja es un insecto, tiene unas características y un carácter que se puede seleccionar a base de observación. De esta manera, la venta se realiza específicamente en función de si son limpiadoras, enjambradoras, reinas…», indica Natalia.

Se trata de una actividad pionera en España que no cuenta con formación específica. Sus conocimientos más técnicos los adquirieron principalmente en Francia donde, según explican, la apicultura está más desarrollada y valorada. Gracias a esta formación de pago y, sobre todo, después de ocho años de trabajo ininterrumpido, han aprendido todo lo que necesitan para cuidar de sus abejas y rentabilizar su producción. Así, afirman que, a pesar de las dificultades para empezar en un negocio del que tenían tan pocas referencias, les parecía mucho más interesante y motivante la cría de abejas y la selección genética que la tradicional producción y venta de miel. «Siempre habíamos tenido muy clara la idea de negocio y éramos conscientes de que es una de las ganaderías más complejas que existen. Sin embargo, queríamos aprovechar esa brecha de mercado en la cría de reinas y abejas, teniendo como referencia el trabajo que se realiza en otras zonas de Europa». Una actividad laboral que, además, les proporciona todo lo necesario para vivir y sustentar a sus respectivas familias.

 
Abejas Moncayo Natalia y Lucia

El cosmos más dulce. Foto: Natalia Lainez

Abejas Moncayo Lucia y el Moncayo

Foto: Natalia Lainez

 

Las abejas como testigo climático

Los insectos polinizadores son los impulsores del mundo. Sin embargo, en la actualidad, más de un tercio está en peligro de extinción y el grupo de las abejas es el más afectado. Por paradójico que resulte, en estos animales tan pequeños se ha depositado demasiada responsabilidad, pues si desaparecieran por completo peligraría el equilibrio de los ecosistemas y, por lo tanto, la vida hasta ahora conocida. De hecho, según la FAO y dependen de las abejas, ya que son las encargadas de fecundar las flores para producir semillas y frutos.

Nadie mejor que Natalia y Lucía para testificar que asumen una mortalidad fija anual de entre el 20 % y el 40 % de su ganado, unas pérdidas que tiempo atrás no se producían. Cuando se enferman, las abejas van desapareciendo poco a poco de la colmena y, cuando lo perciben, ya es demasiado tarde.

«Hubo un año en que se nos morían por una virosis debida a excesivas lluvias. Una de nuestras dos explotaciones desapareció y cuando, desesperadas, acudimos al veterinario para saber qué teníamos que hacer, no sabían qué decirnos. Esto pasa en una granja de cerdos y se movilizan seguros, veterinarios… Con las abejas nadie hizo nada», explican. «Para ser el sector más importante del mundo no hay, al margen del de la varroa, un tratamiento médico en condiciones».

La varroa es un parásito de origen asiático que se pega al cuerpo de las abejas como una garrapata y les dificulta la supervivencia en el medio natural. «Si no las tratáramos contra la varroa, la colmena se moriría», aseguran.

 
   Abejas del Moncayo asume una mortalidad fija anual de entre el 20 % y el 40 % de su ganado, unas pérdidas que tiempo atrás no se producían.   
 

El hecho de que dependan de las personas para sobrevivir no deja de resultar paradójico si tenemos en cuenta que otra de las principales causas de su muerte es pecorear en cultivos con fitosanitarios de origen humano. «La abeja es el reflejo de lo que está pasando con la alimentación y el clima. Esas mismas pequeñas dosis son las que nosotros vamos tomando en cada alimento y que, a la larga, derivan en enfermedades como el cáncer, debido a la acumulación de venenos ingeridos. También son el reflejo del campo, porque cuando hay sequía, por ejemplo, no pueden producir miel. Digamos que saben leer mucho antes que los humanos lo que va a pasar climatológicamente», explica Lucía.

Su empresa, Abejas del Moncayo, no tiene intención de seguir creciendo en número, pues aseguran que precisamente eligieron Talamantes para vivir y poder conciliar armónicamente su vida laboral con la personal, lo que no siempre resulta tan sencillo debido a sus largas jornadas en el campo. Y, aunque se centran en la cría de abejas y rehúyen los procesos de alimentación, una de sus novedades más dulces se encuentra en la producción de crema de miel, un producto gourmet de fabricación limitada y de venta local, que, al envasarse en frío, potencia su sabor y conserva intactas sus propiedades.

Natalia y Lucía han construido su vida lejos del mundanal ruido. En Talamantes, comparten su día a día con unas cincuenta personas. En este entorno, han criado también a sus hijos, todavía en edad escolar. Posiblemente, gracias a su presencia constante en la localidad, otras familias jóvenes se han trasladado al municipio para recuperar servicios que creían perdidos para siempre: la ruta de transporte escolar, el bar, el albergue. Han elegido la vida y la sabiduría ancestral que se esconde detrás de cada abeja, de cada primavera, una de las ganaderías más complejas que existen.

Por su parte las abejas, tan salvajes como la naturaleza, nunca tendrán dueño ni por muchos años que pasen entre los serses humanos. Tan imprescindibles como el aire, son ellas, independientemente de su función, las reinas del mundo natural.

La inteligencia de la colmena

Abejas Moncayo Natalia y Lucia

Abejas por kilo. Foto: Natalia Lainez

Abejas Moncayo Lucia y el Moncayo

Bastidores de reinas. Foto: Natalia Lainez

Dentro de esta casa, la protagonista es la reina que, a su vez, no puede vivir sin que sus obreras la alimenten. Por privilegiada que parezca, es en realidad la esclava, pues la supervivencia de la colmena depende de que ponga huevos sin parar.

A lo largo de su ciclo vital (45 o 50 días en primavera y 2 o 3 meses en invierno), la abeja desempeña diferentes tareas en función de su edad. Cuando nace es la nodriza, que se dedica a la limpieza y alimentación de las larvas. Conforme va madurando, desarrolla diferentes funciones, como la de cerificadora para estirar la cera o ya al final de su vida, la de la pecoreadora, durante la cual entra y sale de la colmena para traer el alimento.

Esta abeja vieja es una de las piezas angulares para garantizar el funcionamiento de la colmena. Al salir al monte, interpreta una serie de parámetros: clima, tipo y cantidad de alimento, a qué distancia se encuentra… Esta información la transmitirá al resto de la colmena para determinar, en función de las necesidades, cuál debe ser el modo de proceder en el interior.

Con la llegada de la primavera, la pecoreadora anuncia que se avecina una gran abundancia de comida, por lo que comienza la cría de reinas y machos que saldrán a reproducirse de manera natural. Los zánganos solo vivirán en la colmena entre marzo y septiembre, cuando los recursos vuelvan a escasear. En ese momento, serán expulsados al exterior donde morirán de hambre y frío, pues no saben comer por sí mismos.

El apareamiento de la reina ocurre una sola vez en su vida, durante los llamados vuelos nupciales. La abeja es capaz de almacenar el esperma recogido en este momento puntual durante toda su vida. El lugar donde los guarda, la espermateca, cuenta con dos conductos: el de espermas y el de óvulos. Si la celdilla de cera es pequeña (información facilitada por la pecoreadora a las cerificadoras), la reina tiene que doblar mucho el abdomen, por lo que los conductos se juntan, el óvulo se fecunda y la larva será hembra. Si la celdilla es más grande, no doblará tanto el abdomen y el huevo sin fecundar, llamado haploide, será macho.

Sin embargo, las reinas no son reinas de por vida. Este juego de tronos está determinado por la química de las feromonas, que deja impregnadas en la colmena para marcarla como propia. Sin embargo, cuando envejece, la feromona pierde potencia y la abeja puede ser sustituida. «Es un proceso que puede pasar de manera natural o artificial. Haciéndoles creer que no tienen reina, mantienes siempre a una viable, pero, simultáneamente, crías a otras de manera instrumental. De este manejo depende nuestro rendimiento», explica Lucía.

 

Elisa Navarro

Periodista


Este reportaje pertenece al Proyecto de investigación 2020/0480: Estudio de la situación del mundo rural aragonés desde una perspectiva de género. Año 2020, financiado por la Diputación General de Aragón (DGA) y subvencionado por el Pacto de Estado contra la Violencia de Género.

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