Patricia DOPAZO GALLEGO

Beatriz vive en una pequeña granja en Caudiel junto a su pareja, Copo, que es pastor. En la Ferme de Serapio, como se llama el proyecto, crían animales, producen aceite y cultivan frutales que ella transforma en mermeladas y otros productos. Beatriz lleva aquí unos quince años pero, como ella dice, viene de un mundo completamente diferente. Puede que por eso tenga tanta claridad para analizar lo que supone vivir del campo aquí, en el País Valencià. Era agente de viajes en Bruselas y en un determinado momento decidió tomar una excedencia porque necesitaba menos ciudad y más naturaleza. Hizo el camino de Santiago y después se quedó unos años en Andalucía, donde experimentó la explotación laboral en el mundo de la hostelería y otros trabajos precarios. Una pequeña formación en agricultura ecológica le abrió mucho los ojos y, con 42 años, le hizo apostar por invertir toda su energía en dedicarse a ello.

¿Cómo empezó tu trayecto por la agroecología?

Tenía algunas referencias de Bélgica, donde la agroecología estaba bastante avanzada, así que decidí hacer prácticas en el Mas de Noguera, que por aquel entonces —a finales de los noventa— era un lugar pionero por el que pasaba todo el mundo que tenía relación con lo ecológico. Allí me dediqué sobre todo al turismo, que era lo mío: hacer encuestas de calidad, etc. Luego, Copo y yo estuvimos 3 años en Andalucía trabajando en varios proyectos: por ejemplo, en fincas biodinámicas como Rapunzel, donde aprendimos mucho y yo empecé a hacer mermeladas. Hemos intentado muchas veces quedarnos en Andalucía, pero finalmente en 2004 nos establecimos en Caudiel en la finca que Copo, que era de aquí, había ido comprando poco a poco. La encontramos bastante abandonada pero con una cosecha excepcional de cerezas.

En 4 años hicimos nosotros mismos la casa, plantamos frutales y muchas variedades de árboles. Copo empezó a criar cerdos con un sistema de apadrinamiento, pusimos gallinas y más adelante certificamos la finca con el Comité de Agricultura Ecológica (CAECV).

Yo volví al Mas de Noguera un tiempo porque era necesaria otra fuente de ingresos. Luego quise empezar en serio con las mermeladas porque hacía a pequeña escala y tenía cierto éxito. Vendía bien en las ferias, pero empezó el miedo a las inspecciones. Quería hacerlo legal y dar vida a todo esto.

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Productos. Fotos: Ferme de Serapio

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¿Qué dificultades encontrasteis para legalizar vuestra actividad?

En el caso de la ganadería, hemos intentado mover mucho para tener mataderos más cerca. Aquí hubo un señor que tuvo pollos en ecológico y casi muere en el intento. Era una locura, tenía que irse a un matadero que estaba muy lejos, salir de madrugada… Era una dificultad enorme. Por eso hay mucha gente que se dedica a la ganadería de forma no regulada. Hubo una época en la que cada pueblo tenía su matadero, que gestionaban las carnicerías de los pueblos. ¿Tanto costaría volver a esto? Sería una manera estupenda de dinamizar la actividad en el campo.

Y sobre mis mermeladas, yo quería elaborar en la finca porque es una facilidad, tienes tus árboles, vives en el campo, recoges la fruta y procesas en la misma finca. Esto fija a la gente en el campo. Podría haberme ido a una planta baja que tenemos en el pueblo, pero es una inversión más y ya habíamos hecho una inversión aquí en la granja. Sin embargo, se va confirmando que procesar en el campo es un problema y se aconseja a la gente que lo haga en el pueblo, ahí tienes acceso al agua, la electricidad… Se exige que el agua sea apta para el consumo humano. La Conselleria de Medio Ambiente es muy exigente y parece que esto no puede flexibilizarse porque, de hecho, desde la propia Plataforma hace poco enviamos una propuesta vía sanidad que nos tumbaron poniéndose incluso más estrictos.

¿Y cómo has resuelto estos obstáculos legales para tu pequeña producción?

No los he resuelto. Yo estaba con muchas ganas de presionar a la administración para adaptar la normativa. Quería salir y vender, pero elaborando en casa, en estas condiciones, como se hace en otros sitios de Europa. Me acuerdo de la Trobada per la Terra de Castielfabib, en 2013, cuando la Plataforma per la Sobirania Alimentària del País Valencià empezó a mover este tema, entonces yo me incorporé al grupo de trabajo. Me di cuenta de que era mi lucha, porque era mi modo de subsistir. He ido trabajando para que el tema no se olvidara, traduje textos europeos para las reuniones que fuimos teniendo. Fue muy lento, pero la verdad es que me ha gustado mucho participar y conocer a tanta gente que trabaja muy bien. Y, bueno, finalmente se ha aprobado el decreto que regula la venta de proximidad; es un avance.

¿Estás contenta con el decreto?

El decreto necesita de la «guía de buenas prácticas» para su aplicación, y todavía no está acabada. Saldrá dentro de poco y recientemente pudimos ver el borrador. Es una guía en la cual se confirmarán las cantidades de producción que nos van a diferenciar de los demás productores, con métodos de elaboración de los productos vegetales para la venta de proximidad. Estoy contenta con lo que se ha hecho desde Sanidad, porque habla de la excepcionalidad, pero no puede quedarse así. Para que sea efectivo de verdad tendrían que hacer un esfuerzo las otras Consellerias, la de Medio Ambiente, la de Seguridad Social, Hacienda, etc. Pero espero que haya quien lo aproveche porque sé que hay gente que está contenta con él.

Cuesta mucho que salgan las cuentas siendo una productora pequeña y es insostenible que para elaborar mis 3000 tarros de mermelada al año, tenga que pagar 300 € de autónoma al mes. Ahora parece que han aprobado una mejora para personas autónomas en municipios de menos de 5000 habitantes, eso ya es un avance.

¿Por qué crees que se ponen tantos inconvenientes? En Europa cada país adaptó su normativa y esto ha hecho que se pueda vivir de pequeñas producciones.

En España se estaba aplicando al pie de la letra la normativa europea, que es muy general y pensada para la gran industria, pero en realidad está hecha para que cada país la adapte a sus circunstancias. De esto se están aprovechando las empresas grandes. Yo creo que aquí no se ha encontrado un medio agrícola-ganadero unido y fuerte que exigiera que se adaptara. En Francia sí lo hay, en Bélgica también y eso que la institución de sanidad allí es bastante dura. Creo que esa es la razón principal, aquí hay falta de unidad y de conocimiento para reaccionar, quizá es una herencia de la dictadura. Los agricultores tienen muy baja la autoestima porque se les debilitó, se degradó su imagen y están desestructurados. Lo que está oprimiendo la agricultura en el mundo es la producción megaintensiva, pero también es verdad que los que han reflexionado y han salido de ese círculo apostando por la producción de calidad, haciendo poco pero bueno y dándose a conocer en el ámbito local, han salido adelante en muchos lugares, por ejemplo, en Francia y Bélgica. Son fincas que diversifican con otros productos como, por ejemplo, la ganadería de calidad y con tecnología: internet, creatividad. La familia se apoya mucho. Es cuestión de sentido común, pero también de hacer frente, por un lado, a la producción industrial que tiene mucha influencia en la política y, por otro, a la despreocupación de la población, que vive de espaldas al campo. Pero es posible. Hace años trabajé un tiempo en una finca ecológica, en Bélgica, que funcionaba muy bien en lo económico, cuatro familias vivían de eso. Ahora hay más de 70 GASAPS en Bruselas, grupos de apoyo a la agricultura campesina que trabajan con fincas que ofrecen cestas semanales de verduras, quesos, frutas y más a cambio del compromiso de las familias para mantener la actividad. Parecido a lo que hacen Francesca y Thomas de La Biofranquesa, que están aquí al lado y que fueron de los primeros que se atrevieron a pedir a sus clientes que pagaran 3 meses por adelantado. Gracias a ese compromiso funcionan bien, aunque con dificultades para poder estar los dos dados de alta.

¿Cuál es entonces vuestra estrategia de rentabilidad frente a una normativa y un mercado que os pone barreras infranqueables?

Pues ya sé que es muy contradictorio porque no es un canal corto, pero vendemos a una red extensa de familiares y amigos en Bélgica, sobre todo aceite. La finca está certificada en ecológico. La cooperativa de Viver tiene una almazara y elabora un aceite de mucha calidad con la variedad de la sierra de Espadán, que es muy especial. De la cereza podríamos sacar mucho más, es un producto corto y perecedero y que vendemos a precios demasiado bajos comparado con otros sitios. Para rentabilizarla al máximo, organizamos desde hace 4 años una actividad que consiste en venir aquí mismo a Serapio en grupos, en familias o solos, a recoger cerezas, y nosotros cobramos al peso. Esto es algo que se hace mucho en Francia.

La gente viene de Valencia, familias con niñas y niños, grupos de amigos… Cosechan y también compran mermeladas en la finca. En Alemania se hace con la fresa, por ejemplo. La gente llega, aparca, cosecha y al final deja el dinero que considera en una caja. Yo no quería llegar a ese extremo, quería algo más humano, relacionarnos, estar con los niños… Abrirse mercado de otra forma es complicado en estas circunstancias y, además, aquí el mundo de los productores pequeños no es muy solidario. Me di cuenta de que en algunos mercados ecológicos no se puede entrar a vender porque quienes están lo ponen difícil. Dicen que hay un sistema asambleario que decide quien entra. No hay tantos mercados de este tipo y los propios productores dicen que no dan tantos beneficios, pero debería abrirse la puerta a todo pequeño productor de cercanía, que hubiera siempre una mesa para ellos. En resumen, es un mundo demasiado estrecho, con poca demanda.

¿Has notado que la gente de aquí abandona mientras tú sigues? ¿Crees que hay algo cultural en esto?

Sí, lo he notado. Por eso me gustó encontrar a la gente de la Plataforma, había más estructura y organización. Me he sentido respaldada. Eso me ha ayudado. Pero me canso, tengo 61 años y ahora vamos a poner en marcha el camping en la granja. Es una cosa muy pequeña, no pueden ser más de 16 personas incluyendo a los dueños, pero te obliga a cocinar, hacer desayuno, las personas visitantes podrán comprar la mermelada… Aquí cerca tenemos la vía verde, viene mucha gente y hay empresas de turismo ecológico.

¿Qué aprendizajes te gustaría compartir?

La dificultad. Hay alegrías también, pero me doy cuenta de que la idea de tener un vergel para poder vender fruta ecológica aquí se ha vuelto muy difícil. Hacen falta muchos conocimientos: flora, fauna…, todo requiere muchísimo cuidado, no es solo podar, abonar, regar sin echar venenos… Los conocimientos de elaboración yo los tengo de mi madre, que hacía mermelada; y Copo, de su familia ganadera, pero hay mucho más que aprender y experimentar. La naturaleza es una fuente infinita de generosidad, pero también es inabarcable, nunca tienes los conocimientos suficientes, hay que tener mucha filosofía porque no se puede domar. Haces cuentas y no salen porque las heladas han impedido que cuaje la flor del cerezo, porque llueve poco o mucho... Para mí esa es la dificultad más enorme.

Y, en positivo, mis mejores momentos los vivo paseando en el campo, mirando la línea de las montañas, las nubes y escuchando el sonido del agua. Lo de elaborar en casa y en el campo se debe a que, obviamente, aumenta la calidad del producto: «del árbol a la olla», pero lo más importante es que adoro comer y me parece injusto que la comida sea moneda de cambio. Voilà.

¿QUÉ APORTA EL DECRETO DE VENTA DE PROXIMIDAD DE LA COMUNITAT VALENCIANA?

Plataforma per la Sobirania Alimentària del País Valencià

El 201/2017 es un decreto que, en el ámbito de la Comunitat Valenciana, regula la venta de proximidad o en canales cortos de comercialización de vegetales y elaborados de origen vegetal, pero también de productos como sidra, cerveza, vinos, licores y aguardientes, elaborados de la miel y elaborados de panadería, así como pequeñas cantidades de carne de ave de corral, conejo y productos de caza. Todos esos productos deben tener su propia guía de prácticas correctas de higiene ya existente o en proceso de realización.

    • Las personas agricultoras podrán transformar alimentos en la propia finca.
    • El aspecto más innovador es la claridad con la que se indica que es posible trabajar en casa (con horarios si es en la misma cocina) o en un taller separado. Este punto ya venía recogido en la normativa europea, pero es la primera vez que se recoge claramente en la nuestra.
    • También por primera vez se definen claramente y se autorizan los obradores compartidos.
    • Por fin se tiene en cuenta la flexibilidad para las pequeñas empresas.
    • Bajo condiciones específicas, se permite sacrificar pollos y conejos en la propia finca.
    • Las guías de buenas prácticas son fundamentales para la aplicación del decreto, ya que indican los pasos a seguir en cada sector para lograr un autocontrol eficaz (análisis de prerrequisitos, descripción de elaboración de cada producto). Se simplifican los controles en una sola hoja de registros unificada, obligatoria solo en fechas de elaboración (antes era obligatoria todo el año).
    • Es necesario solicitar la inscripción en el Registro Sanitario de Establecimientos Alimentarios Menores de la Comunitat Valenciana y comunicar la actividad al Ayuntamiento
    • El tema de la formación queda algo confuso en el decreto. Se establece que es obligatoria y debe demostrarse, pero no se especifica qué tipo de formación es necesaria. Lo que si está claro es la invalidez del carné de manipulador de alimentos.
    • En la Guía de buenas prácticas, deben fijarse las cantidades de producción permitidas para diferenciarnos de la industria o de actividades reguladas en otros decretos. En principio, se consideraran 2 grupos: A) elaborado en casa, menos cantidad; B) en taller propio, más cantidad.

Patricia Dopazo Gallego
Revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas
Plataforma per la Sobirania Alimentària del País Valencià

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