Otra forma de entender el género
Revista SABC
Este texto es un extracto de un artículo publicado originalmente en el portal del Goethe-Institut.
Hay palabras que solo pueden entenderse allí donde nacieron. Palabras que llevan consigo una historia, una lengua, unas fiestas, unos afectos y una forma particular de habitar el mundo. Muxe es una de ellas. En los pueblos zapotecas del Istmo de Tehuantepec, en el sur de México, la muxeidad forma parte de la vida cotidiana desde hace generaciones. Explicarla, sin embargo, desde las categorías reduccionistas con las que Occidente suele pensar el género, no es tarea fácil.

Lukas Avendaño. Fotos: Mario Patiño

Para acompañarnos en el intento de entender esta palabra, contamos con el antropólogo y artista Lukas Avendaño, autor del artículo «Una aproximación a la muxeidad. Queer: no. Queer-po muxe: sí». Su texto propone una reflexión situada sobre la muxeidad: cómo se teje con la comunidad y el territorio, qué formas estéticas y religiosas la expresan y de qué manera el deseo y la pertenencia se viven desde un cuerpo que no precisa traducirse para existir.
Avendaño afirma que la muxeidad está «protagonizada» por personas que nacen con «pene y testículos» y que viven su cotidianidad asumiendo roles culturales considerados «oficios, rol, estéticas y gustos no de varones». Pero, al mismo tiempo, describe la muxeidad como una realidad compleja que no puede reducirse a una identidad sexual ni trasladarse sin más a categorías contemporáneas como la homosexualidad, la transgeneridad o lo cuir. Esta distancia entre los conceptos y la experiencia istmeña la condensa muy bien cuando manifiesta que «en el Istmo se es muxe, fuera del Istmo, a los ojos del otro(a), yo soy puto, homosexual o cualquier otra denominación parecida».
Esta afirmación hace que desplacemos la mirada desde el individuo hacia el territorio, ya que ser muxe trasciende la mera cuestión de identidad personal; es una forma de vida arraigada en los pueblos zapotecas, donde los afectos, los cuerpos y los vínculos adquieren sentidos propios.
No es casualidad que Avendaño se detenga en los saberes locales que preservan que la muxeidad ha coexistido ancestralmente con la cultura zapoteca. Ante las explicaciones cristianas sobre su origen, le interesa especialmente la expresión popular «desde quién sabe cuándo», porque escapa a las cronologías occidentales sin necesidad de refutarlas.
La sensibilidad estética suele manifestarse allí donde la gente se reúne y se reconoce a sí misma.
En esa misma dirección aparece uno de los conceptos más sugerentes del texto: el guenda. Traducido más o menos como «gracia», aunque su significado es mucho más profundo: el ser, el don, la energía creadora que acompaña a las personas. En las comunidades del Istmo, explica Avendaño, cuando alguien posee habilidad para adornar, bailar, diseñar textiles, cantar, contar historias o hacer florecer la belleza en los espacios cotidianos, se dice que tiene gracia. «Y esta gracia acompaña lo muxe como seres de gracia, que poseen la gracia o que la gracia está en ellos».
Lukas Avendaño. Fotos: Mario Patiño
Arte, cuerpo e identidad muxe
La relación entre muxeidad y creación artística recorre todo el texto. El arte aparece como una capacidad cotidiana para producir belleza, transformar espacios y fortalecer los vínculos comunitarios, algo inseparable de la vida social, que la constituye desde dentro.
En el Istmo de Tehuantepec, la sensibilidad estética suele manifestarse allí donde la gente se reúne y se reconoce a sí misma. La creación artística, digamos que está ligada y es inseparable del cuidado colectivo y de la responsabilidad comunitaria.
Para eso, Lukas sugiere pensar la muxeidad como una forma cultural compleja en la que «la identidad muxe no se restringe a la sexualidad». Forma parte de una red de relaciones entendida como un «hecho social total» que incluye la economía familiar, la religiosidad popular, las formas de parentesco, el trabajo comunitario y las expresiones estéticas.
Ante la idea moderna de que la disidencia solo puede desplegarse plenamente lejos de los márgenes rurales, Avendaño recuerda que han existido otros modos de reconocimiento arraigados en comunidades indígenas desde mucho antes de que existieran las actuales políticas de identidad. En la muxeidad, importa tanto quién se es como el lugar que se ocupa dentro de la vida colectiva, con sus responsabilidades y formas de pertenencia.
Lejos de las categorías occidentales
Uno de los aspectos más interesantes de su reflexión es precisamente la manera en que cuestiona las categorías importadas. Lo muxe no se construye exclusivamente desde la oposición entre masculino y femenino, y tampoco responde plenamente a los marcos occidentales sobre identidad de género. Por eso, algunas expresiones incorporan elementos considerados femeninos sin abandonar otros rasgos asociados a la masculinidad. Otras adoptan formas más visibles de feminización. Pero en todos los casos explica que se trata de experiencias culturalmente situadas.
¿Hasta qué punto las identidades dependen de los marcos culturales que las sostienen?
¿Constituye entonces la muxeidad un tercer género? La respuesta es compleja. Más que definir una categoría cerrada, apunta que cualquier posible tercer género solo puede existir dentro del tejido social que lo hace posible: «Es la colectividad la que te enuncia, la que te visibiliza. Fuera de la colectividad, dejas de ser muxe para ser un «puto cualquiera», un «pervertido degenerado».
¿Hasta qué punto las identidades dependen de los marcos culturales que las sostienen? Con esta experiencia, vemos cómo una misma forma de vida puede ser reconocida como legítima en un lugar y convertirse en objeto de estigmatización en otro.
Complejidad y contradicciones
Avendaño no idealiza la experiencia muxe. Su reflexión refleja tensiones y contradicciones, pero al mismo tiempo una dimensión económica y ética. En contraste con los valores competitivos del capitalismo, Avendaño apunta que el reconocimiento social de muchas personas muxe proviene de su capacidad para contribuir al bienestar común: «Una cualidad del «ser muxe» es la vocación de servicio para la comunidad».
Las personas muxes participan en la organización de fiestas como la Guelaguetza, acompañan a sus familias, sostienen económicamente a padres y madres, cuidan de sobrinas y sobrinos, colaboran en actividades colectivas. Por eso reitera que «esta manifestación de ofrecerse/ofrendarse para ayudar, para servir, es lo que le da al muxe un reconocimiento social».
Una cualidad del «ser muxe» es la vocación de servicio para la comunidad.
La preocupación de Avendaño emerge cuando la muxeidad comienza a circular en espacios artísticos, académicos y mediáticos alejados del Istmo. ¿Qué ocurre cuando esta experiencia se separa del tejido comunitario que le da sentido? ¿Puede mantenerse intacta? ¿Sigue generando comunidad? ¿O corre el riesgo de convertirse en una mercancía cultural fácilmente consumible por el mercado global? Frente a esas incertidumbres, el autor vuelve una y otra vez al guenda como una noción que ancla la creación y la existencia muxe en la vida compartida con otres.
Al acercarse al final de su reflexión, Avendaño continúa desplegando la muxeidad como una especie de paisaje: «Es una forma de vida circunscrita a un espacio geográfico en la región del Istmo de Tehuantepec, es una poética de la vida y una subjetividad menos ortodoxa para asumir y vivir los cuerpos, es una estética que se refleja en la forma y maneras de adornar los espacios festivos, es una economía galopante y generadora de excedentes capaces de ser los proveedores/as del núcleo familiar; muxeidad es una manera deliberada, abierta».
Para profundizar en la historia, el arte y la lucha de Lukas, mira el documental Cuerpos migrantes: https://youtu.be/RfNYlZLv7AE?is=VE7xneR6XbKPU6Ky