Héctor Gardez y Daniasa M. Curbelo
A partir de sus propias experiencias, Héctor Gardez y Daniasa M. Curbelo, naturales del norte de Tenerife, entablan una conversación en la que los recuerdos de la infancia se entrelazan con los primeros del deseo. Ambos provienen de dos pueblos con profundas raíces que se nutren descubrimientos de tradiciones populares, ancestrales y también religiosas. Su trabajo académico y artístico gravita en torno a la identidad, el territorio y la disidencia sexual.

Fotograma del cortometraje Costaleras. Foto: Héctor Gardez
Daniasa: Recuerdo que, cuando mi madre nos llevaba a mi hermano y a mí a El 99 de Icod para comprar pijamas, me encantaba ir a escondidas al pasillo de los calzoncillos de hombre. Para un niño mariquita, aquellas imágenes de cuerpos masculinos con torsos desnudos, pectorales depilados y en ropa interior despertaban mi más temprano deseo hacia los hombres. Dejé de ir a ese pasillo por miedo a que me descubrieran. Un tiempo después encontré otro cuerpo semidesnudo que volvió a despertar mi deseo. Este ya tenía rostro y nombre, con lo cual podía entablar con él una relación más cercana que con los machos anónimos y degollados de El 99. Fue el primer hombre del que me enamoré. Lo alababa, atendía y visitaba prácticamente a diario. Hablaba con él porque siempre me escuchaba, aunque a veces no tuviera gran cosa que contarle. Su cuerpo, magullado por torturas, era un espejo en el que se reflejaba mi sexualidad, apenas incipiente. Aun así, ni su gesto de dolor ni la sangre que manchaba su cuerpo moreno conseguían aplacar mi fijación. Lo amé en secreto durante algunos años más, hasta que me di cuenta de que aquella imagen del Cristo crucificado nunca podría satisfacerme del todo.
Héctor: Todos los domingos teníamos sitio fijo: el quinto banco empezando por detrás. Mi abuela, Carmillas, Margarita «la enamorada», Conchita «la chosira» y yo nos sentábamos en riguroso orden para la misa dominical. Entre las puntillas de sus blusas, las argollas, los estampados, el relieve de sus moldeados y la laca; entre tanta elevación, genuflexión y rezo, se colaba la imagen de aquel Cristo difunto tras un cristal empañado por el vaho de las plegarias. Su cuerpo desnudo, armonioso y dispuesto en aquella cama, me aterraba y atraía; era el primer hombre al que inspeccionar sin que me devolviese un gesto de recelo. Su pecho lampiño, su barba cuidada y sus brazos fuertes se convirtieron en el objeto de adoración de aquel «yo» que experimentaba la culpa y el placer. Tras la bendición y el «podéis ir en paz», una fila de señoras octogenarias hacía cola frente al Cristo difunto para estampar sus besos sobre el cristal que protegía la camita de la imagen. Con la ayuda de mi abuela alzándome en sus brazos, llegué a besarlo yo también. El vaho que salía de mi boca cubrió por un momento la visión de aquel cuerpo y aproveché para dibujar con mi dedito un corazón sobre el cristal.
Después, empecé una peregrinación por gran parte de las parroquias de la isla comparando unos y otros. Cristos negruzcos, morenos, pálidos, con cuerpos de madera, de marfil, de pasta de maíz, de barro, con pelo tallado, con peluca. Ojalá alguno de aquellos Cristos hubiese descolgado sus brazos de la cruz para abrazarme como a Marcelino, el de Cine de Barrio. Ojalá alguno de aquellos cuerpos hubiese correspondido mis besos en sus pies. Ojalá una voz grave me hubiese dicho «Yo también te amo» y no hubiese castigado mi deseo en la voz de otros hombres.
Daniasa: Cuando fui a vivir a Buenavista del Norte, con ocho años, inicié una relación muy estrecha con la Iglesia católica que duraría tres años, hasta mi entrada en la adolescencia. Durante este tiempo fui monaguillo y participé prácticamente en toda la vida parroquial tras la inauguración de la nueva iglesia en 2004. Mis mañanas las pasaba en el colegio, donde sufría acoso y violencia a causa de mi género y sexualidad, y por las tardes me refugiaba en los muros del templo. Con el tiempo comprendí que aquel espacio me brindó la oportunidad de alejarme de las normas del género en un contexto rural como el de mi pueblo. Por un lado, ser monaguillo me permitió ocupar el espacio público —cuando se celebraban procesiones y romerías— sin tener que vestir pantalones, tal y como me exigía el estándar de masculinidad que depositaron en mi cuerpo desde antes de nacer. En su lugar, la dalmática fucsia o roja que solía llevar se convirtió, secretamente, en mi primer vestido.
Mis mañanas las pasaba en el colegio, donde sufría acoso y violencia a causa de mi género y sexualidad, y por las tardes me refugiaba en los muros del templo.
Sin embargo, terminé alejándome de la Iglesia a causa del párroco que estaba por allí, cuyas prácticas discriminatorias, ultraortodoxas —era del Opus— y que rozaban el maltrato físico hicieron que buscase otras formas de expresión. Aun así, creo que no fui la única persona sexualmente disidente del pueblo que encontró durante aquellos años una suerte de refugio en la iglesia. Recuerdo el caso de un niño, más o menos de mi edad, que también fue monaguillo, cuya expresión de género —lo que se conoce popularmente como «tener pluma»— le hizo sufrir discriminación y humillaciones en el colegio y otros espacios. Y también conozco algunos casos de hombres adultos del pueblo que, en aquel entonces, se encargaban de vestir a la Virgen, enramar los pasos de Semana Santa y limpiar el templo, cuyas sexualidades eran un tema controvertido en tanto que eran hombres de mediana edad, solteros, sin mujer «reconocida», que vivían solos o con sus madres. Solía escuchar comentarios que decían que aquel «perdía aceite» o que el otro era un «bujarrón».
Héctor: ¿Es posible que exista en un entorno rural un espacio más marica que un altar de iglesia? Tal como existen los osos, chubbies o las nutrias dentro de la comunidad gay, creo que si en algún momento he formado parte activa de una tribu homosexual, esa podría ser la de los monaguillos. Cuando era adolescente, formé parte del cuerpo de acólitos de mi parroquia. El altar cebaba mis ansias performativas y todo el ceremonial de aquel escenario me daba la posibilidad de interpretar, para mis adentros, el impetuoso papel de una sacerdotisa romana. Cuando en la sacristía caía la bata, caían también algunos inocentes besos entre adolescentes que, en cualquier otro espacio, no hubiesen tenido lugar. Fui una marica bendecida y esto motivó que mi primer novio me conquistase con un rosario de plata de filigrana en mano, conociendo perfectamente las leyes de cortejo entre monaguillos.
En el sur de Tenerife, en una inmensa finca de plataneras llena de paredes de bloques y gallinas, sus padres eran medianeros [1]. En cada visita, la hostilidad de las frías conversaciones entre madre, padre e hijo se rompía con nuestra solemne visita al «cuarto de los venenos». Allí, junto a la máquina de sulfatar, una Virgen del Carmen aguardaba su fiesta. Gracias a aquellos dos maricones, la Virgen atravesó la cumbre de la isla con el cinturón puesto en el asiento de atrás de un pequeño coche, mientras discutíamos los detalles de aquella visita —la primera y última— de la Virgen del Carmen fuera del cuarto de los venenos.
En un altar cubierto de damascos, la Virgen ganó fama de milagrosa, y mi madre y mi abuela, de montar una secta para que las vecinas trajesen bizcochones y engrosar la alacena. Acabado el verano, la Virgen había acumulado un número importante de joyas, cadenas, anillos y medallitas que las vecinas le habían regalado como promesa. Y cuando le tocó volver al sur, nuestra relación se volvió irreconciliable y aquel novio se convirtió en el prior de mis albores universitarios, poniéndome bajo clausura diaria, hasta que pude escapar del criptomonasterio que fue nuestro piso. Meses después descubrí que la Virgen también había escapado de aquella vida sacrificada y envenenada de las máquinas de sulfatar y las piñas de plátano. Fue vendida, y las joyas que le obsequiaron mis vecinas también. Desde ese momento, cada vez que un monaguillo se acerca por la calle, cirial en mano, corro y me alejo, no vaya a ser que vuelvan a capturarme. Aunque seamos de la misma tribu.
Daniasa: Estoy totalmente de acuerdo contigo en eso que dijiste de que los monaguillos pueden ser una de las muchas tribus que existen en el espectro de las siglas LGBTI+. ¿Acaso los sacerdotes no pueden ser vistos como una expresión de género no binario? Su aspecto está muy cercano a lo típicamente femenino en Occidente: usan colores censurados por la masculinidad (magenta, morado…), se adornan con joyas vistosas y visten prendas que, tanto por su patrón como por sus materiales, se quedan en un espacio ambiguo del género. Además, deben guardar celibato —o al menos aparentar hacerlo— como parte de su rol social.
Héctor: Cierto. Pienso que en todo monaguillo, virgen y cura hay una suerte de travestismo, un impulso por desafiar la norma, una fuerza que erradica lo establecido desde la belleza, las flores y el brocado. Quizás eso sea la resurrección: el propio Cristo baja a los infiernos y, desde esa camita de raso donde mi abuela y yo le dábamos besos, vuelve a la vida de otra forma, con otra piel. En esa transgresora posibilidad, el moreno que enamoró nuestra niñez con su torso desnudo es una travesti que, al regreso del infierno, nos devuelve la esperanza de poder vivir bajo la forma que deseemos. Solo así, las maricas creeremos.
[1]Ser medianero en las Islas Canarias es una forma tradicional de explotación agrícola donde una persona cultiva la tierra de otro propietario y reparte los gastos y los beneficios a medias
Héctor Gardez
Cineasta, performer y artista visual
Daniasa M. Curbelo
Activista e investigadora en torno a la memoria, la diversidad, la canariedad y el género