Maria Garcés Suay
Mis abuelas eran campesinas, pero a mí nunca me enseñaron a cultivar la tierra. En mi comarca, l’Horta Sud, con la agroindustria y el monocultivo del naranjo, se perdieron muy rápidamente la mayoría de las prácticas agroculturales y las mujeres se alejaron del campo.

Maria en su finca. Foto: Jose Alfonso Cussianovich
Cuando era pequeña, las mochilas pulverizadoras ya ocupaban el espacio de las azadas, que se oxidaban al fondo del corral vacío. Las aguas subterráneas de los motores de riego, donde solíamos beber cuando paseábamos en bicicleta, dejaron de ser potables y, en primavera, costaba encontrar las pocas higueras o nispereros que resistían a orillas de algunas acequias.
Las tierras pasaron a ser explotaciones y, en pocos años, el campesinado fue borrado por el olvido, desechado como una identidad sin valor. Ya nadie quiso que sus hijas ni hijos se quedaran al cuidado de las tierras; no se transmitieron valores de arraigo: el campo no «da para vivir». En mi comarca, muchos se alegraron de que expropiaran sus tierras para perpetrar todas las cicatrices: autovías, trenes de alta velocidad, que hoy fragmentan el territorio. Ni siquiera cuando llegaron las aguas de la dana por el barranco y los polígonos industriales no pudieron absorber el lodo, casi nadie pensó que el error estaba en ese abandono y hoy ya se proponen nuevas recalificaciones.
Recuperamos tradición con herramientas del presente; pero, sobre todo, nos volvemos a nombrar campesinas, llauradores, camperoles, pagesia.
Así, aunque mis abuelas eran campesinas, yo tuve que aprender a sembrar junto a compañeras que, en sus viajes, comprendieron el valor de la tierra para la soberanía alimentaria. Vinieron con ideas que removían el fondo de mi memoria, aportando caminos de esperanza, retomando procesos comunitarios. Así creamos colectivos de apoyo mutuo como Ecollaures. Cada una en su parcela, unidas por la agroecología, volvemos a hacer nuestro pan, a habitar fincas agrodiversas, retornamos al rural vaciado, lo llenamos de arte y artesanías, elaboramos conservas, fermentos, miel y quesos. Recuperamos tradición con herramientas del presente; pero, sobre todo, nos volvemos a nombrar campesinas, llauradores, camperoles, pagesia.

Cargando la chiva, en el IALA (Instituto Agroecológico Latinoamericano) Maria Cano, de madrugada. Foto: Maria Garcés
Ahora, de la mano de CCPV-COAG y Mundubat, viajé a Viotá, en la región del Tequendama, en Colombia, para conocer a las compañeras de Fensuagro. Conversamos, entre campesinas, sobre los Sistemas Participativos de Garantía, una certificación autogestionada comunitaria que a las Ecollaures nos aporta, desde hace más de diez años, fuerza organizativa y estrategias para sostenernos. Aunque la experiencia más inspiradora de mi viaje fue compartir asiento con ellas, apretadas en la chiva, su icónico vehículo tradicional campesino, durante las cuatro horas de ida hasta la Aguadita, Fuzagazú, escuchando a través de los altavoces estridentes y en sus voces las carrangas y otras músicas campesinas, con el techo rebosando aguacates, panela, yogures, choclos y arepas, mientras los habitantes de cada vereda saludaban y jaleaban a nuestro paso de camino al Mercado Campesino. Pude sentir vivo ese orgullo campesino que en nuestro territorio nos ha sido arrancado de raíz y todavía, a algunas, nos hace sentir pequeñas ante las mentalidades productivistas. En estos tiempos convulsos, reivindicar fuerte nuestra identidad, como las compañeras colombianas, se convierte en un mecanismo esencial para esta propuesta de vida que somos las campesinas para el futuro.