Brigitte Vasallo
Las brujas eran campesinas; lo de llamarlas mujeres vino después, cuando el capitalismo empezó a poner nombre a las cosas que necesitaba ordenar.

Noche de San Juan. Foto: Eliezer Godoy
El mundo campesino no es un mundo industrial en otro paisaje, no es un decorado, no es una escenografía ni un croma en el que sucede lo mismo que en cualquier ciudad, pero con árboles. No es tampoco —aclaro— un lugar donde suceda lo mismo pero peor: la misma lógica, los mismos esquemas, la misma ontología, las mismas relaciones pero menos refinadas, más toscas y más incultas, esos mitos. El ser humano campesino —el ser humano, que es una construcción cultural, un producto de su contexto histórico— no es el ser humano industrial, pues el mundo industrial —el capitalismo— no es un sistema económico, sino un sistema de relaciones; esto lo sabemos desde Marx. Eso incluye todo, también el género y las formas del género, ambas: la idea misma de género y las formas que esta idea toma.
El actual entramado sexo-género hegemónico, ese fracaso, no es un espacio natural y ahistórico, sino una construcción cultural contextual al capitalismo.
El mundo campesino no es un mundo industrial en otro paisaje y no debe ser estudiado como tal, igual que el mundo campesino del norte global no es el mundo campesino del sur global pero en otra latitud, porque los procesos coloniales generan sistemas de relaciones distintas.
El actual entramado sexo-género hegemónico, ese fracaso —aquel que ha sido impuesto como «normal», como neutro, como moral, con sus características inamovibles de binarismo jerárquico y heterocentrismo—, no es un espacio natural y ahistórico, sino una construcción cultural contextual al capitalismo. No es siquiera una verdad biológica, sino el resultado de una organización social. La consecuencia de tratarlo como suceso ahistórico es que, si no tiene principio, tampoco podemos pensarle un final… Eso también lo hemos aprendido ya.
Antes del capitalismo ya existía el género, claro. Incluso la desigualdad de género, claro. Pero no era el mismo sistema, lo cual no nos lleva directamente a concluir que fuese un sistema de género «mejor». Los términos morales no son buenos compañeros del análisis, no son fiables en general, términos traidores a menudo, escurridizos si acaso.
El patriarcado del salario
Marx sitúa en la acumulación originaria (o primitiva) las condiciones necesarias para el advenimiento del capitalismo. Esa acumulación está constituida por dos factores: la colonización (con el comercio de personas como puntal imprescindible) y la desposesión del campesinado europeo para convertirlo en mano de obra asalariada. No todas las personas fueron esclavizadas, pues se interpuso ahí el sistema de racialización que marcó la línea de lo humano y lo no humano (el ser y el no ser de Fanon). De la misma manera, o de manera similar, no todas las personas campesinas europeas pasaron a ser asalariadas, pues el trabajo remunerado pasó a ser función de los hombres —denominado desde entonces trabajo productivo— y las mujeres pasaron a sostener, sin salario, la vida de esos hombres que sostenían la vida asalariada; eso se denominó, en el mejor de los casos, «trabajo reproductivo», pero también «sus labores» o «no trabajo». El salario generó la nueva desigualdad entre dos categorías: hombre o mujer. No digo que generó la desigualdad, sino que añadió una alrededor de la cual se reorganizó todo el género a partir de entonces. La caza de brujas que nos reveló Silvia Federici, que teníamos delante de los ojos pero no habíamos sabido ver, forma parte de ese proceso; y las brujas… si no eran campesinas, ¿qué carajo eran?
En Catalunya tenemos la suerte de poder observar de cerca una gran Revolución Industrial y observarla directamente en territorio campesino, pues los dueños de las fábricas, els amos, sabían deslocalizar los medios de producción (aprendieron directamente en la colonización, con la que hicieron sus fortunas, con especial mención a Cuba). Las colonias textiles eran un inmenso y muy afinado dispositivo de género en el que solo las familias con descendencia podían entrar a trabajar, al tiempo que la misma colonia arruinaba el entorno para hacer imprescindible el trabajo en la colonia, círculo cerrado. El dispositivo disciplinar era amplio, pero solo el proceso de selección a través de la definición de la familia por parte de la imaginación burguesa ya marca una línea de significado trascendente y señala, al mismo tiempo, que existían otras formas de vida; de lo contrario el filtro no hubiese sido necesario.
Las campesinas no son mujeres
Es 1978 y estamos en Nueva York, en la Modern Language Association, donde una lesbiana pequeña, morena, rabiosa, simpática, blanca y francesa, intensa, divertida, enfadada —así la imagino yo—, llamada Monique Wittig, se dispone a dar una conferencia que concluirá con la frase «las lesbianas no son mujeres» y se quedará tan ancha. El revuelo dura hasta hoy, y cuanto más binario se hace el mundo (pues va a más, no a menos), más revuelo causa. Cuanto más sí o no sean las respuestas, cuanto más tipo test se le exige al pensamiento complejo, más revuelo.
En el mundo campesino precapitalista, incluso en el feudalismo, los trabajos de hombres y mujeres no se relacionan de manera jerárquica: todos los trabajos son de cuidados, de subsistencia, y no hay salario de por medio.
La propuesta, una vez hecha, es imposible desverla, como el conejo (o el pato) de la famosa ilusión óptica. Lo difícil era verla por primera vez, llegar a ella. Este es el camino de Wittig: los grupos subalternos no son sujetos, sino sujetos-en-relación con los Sujetos, y su definición no es en sí misma, sino relacional. La categoría mujer en la modernidad se define en relación con lo masculino (desde la falta de pene freudiana hasta aquello de madres-hijas-esposas); se define en tanto que es «la diferencia», aquello que tiene que ser específicamente nombrado, el matiz. La relación es de dependencia económica no recíproca en un contexto —el capitalismo— en el que lo económico no es economía, sino relaciones. Las lesbianas —argumenta Wittig— somos traidoras de ese pacto, disidentes, forajidas: no dependemos ni económicamente, ni emocionalmente, ni ontológicamente, de la categoría «hombre»; por lo tanto, no se puede considerar que seamos mujeres.
En el mundo campesino precapitalista, incluso en el feudalismo —que tampoco fue una fiesta—, los trabajos de hombres y mujeres no se relacionan de manera jerárquica: todos los trabajos son de cuidados, de subsistencia, y no hay salario de por medio. Lo dicen Federici, Berger, Moreno Caballud, Marx y Engels, entre otres. Si es así, la jerarquía contemporánea que introduce el patriarcado del salario no es anterior al capitalismo y no puede ser aplicada plenamente al campesinado, no de manera ahistórica. Así, las campesinas tampoco son mujeres. Si preferís, para aclararnos, no son Mujeres®.
Como si estuviéramos jugando al Jenga, sacad esa pieza de la pila y veréis cómo cae la pila: cae la heterosexualidad, cae el género binario, cae la homosexualidad, claro, cae la transexualidad, pues lo cis deja de tener sustancia, cae todo.
Leonora Djamet dice en el prólogo de El Frasquito, de Luis Gusmán, que acaso solo nos quede una ética posible: la escucha. Cuando los sujetos industriales, aún mutantes como yo, hija de campesinas pero criada en otra cosa, incluso cuir, vamos a territorio labriego, tenemos que escuchar, porque somos un peligro epistémico.