Desmontar el patriarcado

Sergio S. Taboada

 

«No somos meros testigos de lo que ocurre. Somos el cuerpo a través del que la mutación llega y se instala.

La cuestión ya no es quiénes somos, sino en qué queremos convertirnos».

Paul B. Preciado. Dysphoria Mundi

 

arriba y abajo

Botas de trabajo del autor. Foto: Sergio S. Taboada


Como diría mi madre, este mundo necesita un buen repaso, ¡pero de arriba abajo! Aunque sucede que arriba no suele haber demasiada voluntad para el cambio. El cambio acostumbra a venir desde abajo.

Para cambiar de cultura, no cabe duda, debemos desmontar el patriarcado, esa estructura opresora que nos organiza y nos separa en función de nuestro género, alineándonos sobre un eje vertical muy estricto. Pero entre el feminismo que lo combate desde abajo y el machismo que lo refuerza desde arriba, la inmensa mayoría nos encontramos atrapados en algún lugar intermedio, preguntándonos cómo desmontar el patriarcado mientras habitamos estos cuerpos divididos por la contradicción de sentirnos oprimidos y opresores a un tiempo.

A mi modo de ver, la interseccionalidad ha supuesto uno de los mayores avances en el ámbito de los feminismos, aportando una mirada más amplia y profunda, es decir, más completa, sobre las desigualdades de nuestro sistema. El feminismo interseccional nos enseña a ver que el patriarcado forma parte de una cultura de la dominación que se extiende aún más allá de los límites del género, tejiendo una trama perversa con la complicidad de los muchos otros ejes de opresión que también gobiernan nuestras relaciones en función de nuestro origen, lugar de residencia, color de piel, nivel educativo, capacidad económica, o cualquier otra categoría que permita diferenciarnos. En la intersección descubrimos que debajo del abajo siempre hay alguien más abajo y que al mirar hacia arriba pasa lo mismo. Además, en este (des)orden mundial, vertical y jerárquico, las dinámicas de poder varían constantemente, en función de con quién nos relacionemos o del lugar y el momento.

De modo que ser hombre otorga ciertos privilegios; pero ser pobre, indocumentado o discapacitado, puede hacernos perder buena parte de ellos. Tanto arriba como abajo, siento el mismo dolor punzante, porque no deseo someter a nadie, pero tampoco ser sometido. Y es justo en este dolor donde encuentro la oportunidad de transformar la experiencia en aprendizaje, para abrirle paso a la vida en una dirección diferente.

 
   Ser hombre otorga ciertos privilegios; pero ser pobre, indocumentado o discapacitado, puede hacernos perder buena parte de ellos.   
 

Territorios sometidos al patriarcado

Al igual que nuestros cuerpos, los territorios también están sometidos por esta cultura violenta de la dominación y el patriarcado. El norte somete al sur, la ciudad al campo, el centro a la periferia…, pero además hay muchos sures en el norte, barrios pobres en la urbe… y en el rural, cómo no, también se reproducen todas las desigualdades.

La aldea gallega que abandonó mi abuela, a la que regresé hace más de doce años, tiene sus privilegios de norte global y sus discriminaciones de sur europeo. Todo esto me afecta, situando mi lugar en el mundo, atravesando de desigualdades mi vida y mis relaciones.

Este rural que yo habito no solo fue vaciado, también fue desposeído, desagrarizado y descampesinizado, y se inició una espiral de decadencia que nos condujo a la degradación de los vínculos sociales y comunitarios. La marginación se expresa aquí en todas sus variadas formas: depresión, alcoholismo y drogadicción, malos tratos y violencia, pobreza y explotación…, pero en este rural maltratado y deshabitado aún hay vidas que permanecen. Vidas que, como todas, merecen ser vividas dignamente.

«Donde no hay amor, pon amor, y encontrarás amor», dicen que dijo santa Teresa. Entonces yo me pregunto: ¿quién pondrá el amor que aquí nos falta?

En el rural del que hablo, los empleos que conozco son escasos y precarios, de salario mínimo y máxima temporalidad, sin ningún prestigio social. Y los hombres con los que tuve la ocasión de coincidir en algunos de estos trabajos, han sido sistemáticamente descartados como población sobrante, apenas útiles para el sistema como mano de obra barata, prescindible y no cualificada.

Mis compañeros, que no hace mucho tiempo hubieran sido campesinos, son aquellos que quedaron «porque no servían para otra cosa». Y para sobrevivir en este contexto se fueron endureciendo, mientras anestesiaban su dolor en la barra del bar y trataban de pasar desapercibidos, evitando enfrentarse al sistema. De este modo, reproducen la violencia que reciben, generando dinámicas de maltrato mutuo en el propio grupo de trabajo y en sus relaciones familiares o sociales más íntimas y cotidianas.

Mi experiencia y mi trayectoria han sido muy distintas de las historias de vida que han tenido mis compañeros. Mis privilegios me impiden identificarme con sus actitudes y comportamientos machistas, o con su aparente facilidad para aceptar el sometimiento. Y aunque lo hago habitualmente, criticarlos no es más que un simple ejercicio de desahogo, tal vez legítimo, pero frustrante e ineficaz. Al compartir la jornada laboral con ellos, me doy cuenta de que esto no es más que un modo de expresar la impotencia que siento cuando me veo incapaz de modificar las dinámicas en el grupo. A pesar de toda mi pretendida superioridad moral, no puedo evitar sucumbir a la presión y participar activamente, en mayor o en menor grado, de este maltrato recíproco.

Así como ellos tratan de imponerse y someterme continuamente, yo también hago lo propio, mostrándoles mi mal disimulado desprecio por su docilidad frente al patrón, que nos oprime a todos por igual, ejerciendo un abuso de poder desmedido y arbitrario.

Sin darme cuenta, acabo imitando esos gestos que tanto detesto y, olvidando que la vida me ofreció numerosas oportunidades que a ellos les fueron negadas, simplemente me defiendo, aunque del enemigo equivocado.

Tras la coraza del héroe

La inercia generada por la dinámica de la competitividad y el individualismo puede llegar a ser realmente irresistible. La lógica patriarcal, que consiste en pisar para no ser pisado, activa un ciclo de retroalimentación grupal en el que nunca logra arraigar el buen trato y todos acabamos profundamente dañados.

 
  El tamaño de nuestra agresividad tiene la misma dimensión que la herida y el miedo que ocultamos.   
 

En la desconfianza y la inseguridad constantes, consideramos al compañero una amenaza y aprovechamos la más mínima debilidad para atacarnos y humillarnos sin compasión ni descanso. Cuanto más me defiendo de su agresión, más agredo al compañero. El patriarcado es una trampa brutal y para desmontarlo debemos desembrutecernos, respetar y aceptar nuestras debilidades y atender la herida y restaurarla. Sin embargo, como animales acorralados, mis compañeros y yo hacemos todo lo posible por esconder nuestra vulnerabilidad bajo una rígida coraza que nos vuelve cada vez más frágiles y quebradizos. El tamaño de nuestra agresividad tiene la misma dimensión que la herida y el miedo que ocultamos, esta es la medida más exacta de nuestra debilidad.

Trataré de ilustrarlo con un ejemplo. En una ocasión, me negué a participar en la costumbre establecida de acompañar a nuestro capataz a beber en el bar al terminar la jornada. Esto desencadenó una situación de acoso laboral insoportable a la que ningún compañero se atrevió a oponerse, aunque me declarasen su apoyo en privado. Al día siguiente, la costumbre se redobló, añadiendo una visita más al bar antes de empezar la jornada, con el fin de forzar mi presencia involuntaria y como castigo ejemplarizante. A pesar de todo, me seguí negando y la tensión aumentó hasta hacerse insostenible. Mi rebelión era tan intolerable para la empresa como impracticable para mis compañeros. Al contrario que ellos, yo podía enfrentar las consecuencias gracias al apoyo emocional y económico de mi familia.

En el camino, encontré dos nuevas aliadas, mujeres que desde el centro de salud y el sindicato comprendieron y apoyaron mi causa. Sin ellas hubiera sido fulminantemente despedido, sin derecho a ningún tipo de compensación. Con ellas logré al menos una pequeña victoria, aunque fuera limitada, porque las condiciones laborales de la empresa no variaron lo más mínimo. Aun así, yo pude continuar mi camino, alejado de aquel infierno, pero abandonando a cambio a mis compañeros. En realidad, mi heroica estrategia de liberación revolucionaria no deja de ser típicamente masculina e individualista, aunque mi representación del héroe queda muy lejos del ideal masculino que nos trata de imponer el patriarcado, porque cuanto más me empeño en imitarlo, más débil, más triste, más aislado y más inseguro me siento.

Sin la cooperación necesaria para desarrollar una estrategia colectiva, el cambio estructural y profundo que necesitamos no es más que un sueño inalcanzable.

Afinar la mirada

Lo que aprendí conviviendo con mis compañeros es que debía mirar más y mejor, por debajo de nuestra armadura, sin acabar de creerme las apariencias. Que debía insistir en descubrir y apreciar nuestras vulnerabilidades para poder generar un mínimo vínculo de afecto, algo que hiciera de nuestra obligada relación una experiencia un poco más soportable, tratándonos con delicadeza y con cuidado pero conservando las distancias para evitar riesgos innecesarios, prestando atención a lo que callamos, a lo que nos ocultamos mutuamente. Y también demostrándoles con hechos que ser fuerte consiste, precisamente, en atreverse a mostrar la debilidad.

La clave para el cambio consistía en saber apreciar a mis compañeros, dejar de ser una amenaza para ellos, generar un clima de confianza más amable y menos tenso. Sin pedir más de lo que yo mismo puedo dar, pero tampoco conformándome con menos. Darles la oportunidad de comprobar cómo mejora nuestra calidad de vida con el buen trato entre compañeros, respetando nuestros límites y nuestros miedos. Lo que implica aprender a negociar, con paciencia y sin descanso, para llegar a un acuerdo realmente sostenible.

 
  En el corazón del patriarcado aún hay margen para crear vínculos auténticos.   
 

Y en esa negociación me fui encontrando con los límites, cuando ciertos comentarios y comportamientos particularmente agresivos o hirientes me hacían reaccionar con rechazo. La capacidad de compasión no es infinita y para aprender a tratar con amor antes debo saber amarme a mí mismo.

Aun así, tuve momentos de conexión y de encuentro, de complicidad y apoyo, de compañerismo solidario. En el corazón del patriarcado aún hay margen para crear vínculos auténticos, con un poder de transformación insospechado, lo que es un valioso regalo.

Desde mi particular experiencia, para poder desmontar el patriarcado hay que saber estar arriba y saber estar abajo. Aprender a ocupar los dos espacios para articular, siempre en favor del bien común, la rabia que nos produce la opresión y los privilegios de los que podamos llegar a disponer en un determinado momento.

Para favorecer el cambio debemos negarnos a seguir alimentando la cultura de la violencia, dejar de sostener la estructura de dominación que nos divide y nos separa constantemente.

Amar la propia sombra para poder amar la ajena. Proteger y respetar la delicadeza de la vida, que solo es digna, y tiene algún sentido, cuando la con-vivimos.

Sergio S. Taboada

Dinamizador agroecológico

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