Granjas verticales, agricultura urbana y transiciones alimentarias

Nerea Morán Alonso y José Luis Fdez. Casadevante Kois

La agricultura urbana está ayudando a reabrir debates sobre las relaciones entre campo y ciudad; sin embargo, los delirios tecnológicos distorsionan este diálogo. En este texto reflexionamos sobre cómo la agricultura urbana puede maximizar sus potencialidades y huir de la prepotencia.

 

 

La urbanista Carolyn Steel suele afirmar que, al igual que las personas, las ciudades son lo que comen. La profundidad de esta sencilla afirmación se desarrolla en su libro Ciudades hambrientas. Cómo la alimentación condiciona nuestras vidas (Capitán Swing, 2020), en el que rastrea la historia de las relaciones entre ciudad y alimentación, siguiendo a la comida desde que se produce hasta que llega a la ciudad, se comercializa, se prepara, se consume y deja de considerarse un alimento. De esta forma, se va visibilizando cómo la manera en que nos alimentamos ha condicionado la tipología de las viviendas, la morfología de las ciudades y hasta nuestra forma de habitarlas.

La ciudad es una memoria organizada, afirmaba la filósofa Hannah Arendt y, por tanto, hay que tener la sensibilidad, la paciencia y la capacidad para poder interpretarla. Lo podemos hacer gracias a planos y fotografías históricas, cuadros y novelas; al mismo soporte construido, con el trazado de las calles, la estructura de los espacios verdes o el origen del patrimonio edificado; y también gracias a elementos inmateriales como el folclore, las fiestas populares, la toponimia de algunas calles y plazas, la gastronomía tradicional… Son diversas huellas que nos permiten desvelar los cambios operados en el sistema alimentario y en las culturas alimentarias sobre las que se sostienen.

Pero, si en vez de analizar el pasado, miramos al futuro, ¿qué nuevos paisajes urbanos y qué nuevas prácticas y costumbres alimentarias podemos vislumbrar?

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Foto: Atelier Paysan

Granjas verticales: las geografías alimentarias de la ciudad inteligente (smart city)

La smart city, o ciudad inteligente, supone la adaptación al urbanismo y al diseño urbano de una visión tecnocéntrica que traslada a la tecnología la responsabilidad de buena parte de las soluciones a las problemáticas urbanas. Se trata de una narrativa desarrollada por las grandes corporaciones tecnológicas según la cual los sensores, dispositivos y aplicaciones harían inteligible la complejidad urbana al procesar la información mediante sistemas inteligentes. Internet y el big data permitirían descifrar las leyes ocultas que organizan la vida colectiva de la ciudad, ofreciendo un conocimiento neutro y verificable, indiscutible, ideológicamente inofensivo y abstracto; eludiendo las complejas relaciones entre sociedad, tecnología y sostenibilidad.[1] Aunque no suele explicitarse, tras esta retórica se encuentra la idea de que los ordenadores y los algoritmos van a hacer realidad el sueño de una autorregulación armónica, donde la vida urbana se tornará previsible mediante predicciones claras y objetivas que permitirán racionalizar la toma de decisiones de los Gobiernos locales.[2]

La aplicación del imaginario smart city a la agricultura urbana ha dado lugar a las granjas verticales, que vienen a plantear que la seguridad alimentaria de las ciudades se va a resolver mediante la construcción de grandes rascacielos cuya función sea producir alimentos. Se presentan visiones futuristas de ciudades abastecidas a partir de edificios inteligentes y sistemas hipertecnológicos de producción de alimentos, liberados de las limitaciones naturales, que sustituyen los ciclos naturales por circuitos cerrados de agua y luz eléctrica, y ajenos a limitaciones ambientales como plagas, sequías, inundaciones, etc.; maravillas teóricamente autosuficientes, donde predomina la imagen sugestiva de los edificios insertada en territorios reducidos a meros soportes indiferenciados, sin pasado, cultura o paisaje. El principal exponente de estas ideas es el biólogo Dickson Dispomier, que lleva varios años divulgando las bondades de este tipo de iniciativas: mayor eficiencia productiva al trabajar en entornos artificialmente controlados, aplicación de las últimas tecnologías aeropónicas, proximidad al consumo, generación de empleo y renaturalización de espacios agrarios que ya no serían necesarios.

Las granjas verticales han gozado de un amplio eco y reconocimiento, a pesar de basarse en diseños y prototipos que en su mayoría no han sido construidos, salvo algunos proyectos piloto con especial nivel de desarrollo en Japón, donde se han promocionado para ofrecer vegetales libres de radiaciones tras el desastre de Fukushima. En un país donde se importa en torno al 60 % de los alimentos y donde la aplicación de las nuevas tecnologías es un rasgo cultural dominante, las granjas verticales son un campo de investigación que se asume con naturalidad. A pequeña escala, operan en Japón desde los años setenta para facilitar el acceso a verduras ecológicas a pequeños grupos de población en las grandes ciudades. Ciertamente, durante los últimos años, a través de la inteligencia artificial y la robotización, han logrado reducir la energía requerida para estos cultivos, si bien ninguna de las sesenta empresas dedicadas a esta tarea es viable económicamente debido al precio de la electricidad. Son rentables en la medida en que reciben subsidios y ayudas para la investigación, además de comercializar sus productos ecológicos a élites con alto poder adquisitivo. Las empresas son optimistas y creen que sus naves de cultivo serán competitivas cuando se perfeccionen las tecnologías y la agricultura convencional suba los precios al sufrir los efectos del cambio climático.

A una escala menor, muchas grandes ciudades occidentales están reconvirtiendo de forma experimental fábricas abandonadas o garajes inutilizados donde ubicar estas instalaciones para producir alimentos. Se trata de un movimiento aupado por una narrativa que ha exagerado sus bondades: mayor productividad, independencia de las estaciones, aislamiento de las catástrofes ambientales, ahorro de emisiones ligadas al transporte, agricultura orgánica o mayor rentabilidad de la actividad agraria. Sin embargo, presentan también cuestiones críticas eludidas en su discurso, como el hecho de que solo podría cultivarse una serie limitada de variedades de verduras de hoja, ofreciendo viabilidad para una escasa diversidad de cultivos, o la cuestión fundamental del balance energético.

Estas verduras de laboratorio dependen de potentes sistemas eléctricos que, en un contexto de creciente crisis energética, pueden verse fácilmente comprometidos. Si se calcula el balance energético, de acuerdo con la eficiencia de la conversión de la luz solar en materia vegetal, como han hecho algunos investigadores, vemos que producir la cosecha norteamericana anual de trigo por estos métodos requeriría ocho veces la electricidad producida anualmente en el país.[3] El arquitecto Michael Sorkin analizó exhaustivamente las propuestas de autoabastecimiento alimentario para Nueva York por estos métodos, concluyendo que para que fuera viable, sería necesaria la energía de 30 centrales nucleares.

Más allá de los aspectos metabólicos, entran también en debate cuestiones políticas, pues se trata de infraestructuras enormemente costosas en recursos y financiación, por lo que se corre el riesgo de facilitar la concentración de poder en corporaciones que monopolizarían el cultivo de alimentos en las ciudades. Esto sin abordar la reducción de la necesidad de mano de obra frente a la mecanización extrema o la limitación al acceso de nuevos conocimientos y técnicas de producción.

Agricultura urbana y alianzas campo-ciudad

Durante la última década hemos asistido a un acelerado desarrollo de la agricultura urbana,[4] que mayoritariamente ha tomado la forma de huertos de ocio y de huertos comunitarios. En estas experiencias, junto a la producción de alimentos, se enfatiza el cultivo de relaciones sociales y las dinámicas participativas. En nuestras ciudades, los huertos (educativos, comunitarios, sociales…) han sido más relevantes por la cantidad de personas que interactúan con ellos que por la cantidad de gente que alimentan, convirtiéndose en espacios para la educación ambiental y la socialización urbana de la agroecología. Y, sin embargo, parte de su desarrollo futuro tendría que ver con explorar de forma más intensa su dimensión productiva no mercantilizada, maximizando la cantidad de alimentos que se cultivan y alentando la experimentación con nuevas tecnologías para que operen bajo lógicas alternativas (azoteas, hidroponía, cultivo de setas, empresas sociales…).

Iniciativas inspiradoras serían las de algunas ciudades canadienses, donde se diseñan nuevos proyectos de vivienda social aprovechando las azoteas para instalar invernaderos profesionalizados, intensivos y tecnológicamente avanzados. El objetivo es alimentar a sus residentes y al barrio en el que se insertan de forma saludable y a precios asequibles, siguiendo fórmulas cooperativas.

Las ciudades pueden realizar aportaciones significativas en la reducción de su vulnerabilidad alimentaria, pero la agricultura urbana debe asumir sus contradicciones y explicitar factores limitantes (balances energéticos, riego con agua potable, contaminación…). La clave es que maximizar sus potencialidades no suponga caer en la prepotencia de ignorar la existencia de una cultura campesina y de un mundo rural que nos da de comer, y que no puede suplantarse asépticamente por rascacielos orientados a la producción de comida.

La agricultura urbana no debería ser cómplice de esta narrativa según la cual la insostenibilidad del sistema alimentario se reduce a una cuestión meramente técnica, incentivando la desnaturalización, la industrialización y la hipertecnologización de la forma en la que nos alimentamos. Al contrario, debería concebirse como una aliada, pues muchas de las personas involucradas en el cultivo de alimentos en las ciudades no son ajenas a la defensa del mundo rural y de las economías campesinas, más bien son parte de quienes apoyan activamente a los mercados de productores, las redes alternativas de distribución y consumo o los supermercados cooperativos. Igual que la piedra clave determina la construcción de un arco, dando estabilidad a la unión de las piezas situadas entre dos pilares, la soberanía alimentaria es determinante para una reconciliación entre el campo y la ciudad.

José Luis Fernández Casadevante, Kois

Sociólogo. Cooperativa Garúa

Nerea Morán Alonso

Doctora arquitecta. Cooperativa Germinando

 

[1] Manu Fernández, Descifrar las smart cities: ¿Qué queremos decir cuando hablamos de smart cities? (Autoedición, 2016).

[2] Eugeny Mozorov, La locura del solucionismo tecnológico. (Madrid: Clave intelectual, 2015).

[3] Stan Cox y David Van Tassel, «Vertical Farming Doesn't Stack Up». Regeneration 52 (2010). Disponible en: http://www.greens.org/s-r/52/52-03.html

[4] Nuestro amigo Goyo Ballesteros lleva años echando las cuentas: hemos pasado de 7 municipios con huertos urbanos en el año 2000 a 369 a finales de 2017.

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