La decadencia de un alimento básico, el pan

Albert Bruno

Article disponible en català

El pan como alimento básico ha sufrido grandes transformaciones. El que encontramos hoy en día en la mayoría de los hornos, grandes superficies y otros establecimientos, poco tiene que ver con el que se ha comido durante miles de años y, demasiado a menudo, no responde a lo que debería representar la palabra pan.

 

 

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Fotos: Albert Bruno

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Como han mostrado los descubrimientos arqueológicos liderados por la vasca Amaia Arranz Otaegui en Jordania, ya antes del inicio de la agricultura —hace entre 11.000 y 12.000 años—, se consumía pan en forma de masa plana no fermentada. En algún momento indeterminado, hace unos 5.000-6.000 años, se empezó a fermentar el pan, exclusivamente con masa madre, supuestamente en Egipto. Aquellos panes eran una manera óptima de consumir cereal y se conservaban días y días.

El declive del pan

¿Cómo pasamos de comer panes que merecían denominarse alimento al conglomerado de ingredientes y aditivos actual? ¿Cuándo empezó el declive del pan? Podemos decir que se inicia a finales del siglo xviii con la Revolución Industrial y se reafirma en la primera mitad del siglo xix con la aparición de los molinos austrohúngaros de cilindros. El segundo cambio ocurre a mediados de siglo xix con el descubrimiento de la levadura industrial, mal denominada levadura de panadero y antes levadura de París. Esta levadura, de la que tanto se abusa hoy en día —incluso en panes que se venden como «artesanales» o «hechos con masa madre»— permite fermentar el pan en muy poco tiempo y, por lo tanto, la predigestión de los componentes de la harina es absolutamente deficiente. El tercer paso, definitivo, aparece con la Revolución Verde.

La Revolución Verde se inicia a mediados del siglo pasado y supone la pérdida de la diversidad milenaria de las semillas de variedades antiguas que el campesinado cultivaba, intercambiaba y mejoraba en relación con su terreno, el clima y el saber derivado de la observación. El estallido y la implantación de la Revolución Verde suponen la hibridación forzada de variedades seleccionadas con variedades enanas japonesas. Esta modificación buscaba la adaptación a una agricultura intensiva cargada de agroquímicos, y redujo el concepto de calidad a una cuestión de cantidad de gluten y homogeneidad. Los objetivos principales de la Revolución Verde eran el aumento del rendimiento, el aprovechamiento de los ingentes excedentes de nitrógeno de la industria armamentística, el desarrollo de la industria de herbicidas y agroquímicos —para alegría de la industria química y farmacéutica—, y la máxima mecanización del trabajo de cosecha.

Es evidente que la única lógica que motiva estos procesos es la de aumentar el rendimiento y acortar el tiempo. La calidad, entendida como salud, el impacto medioambiental o la situación socioeconómica del campo no entran en la ecuación.

La moda del «pan artesano» y la «masa madre»

Cabe recordar que el pan, en esencia, contiene dos ingredientes: harina y agua. Por eso es fundamental tener en cuenta el gran salto que hay entre los primeros trigos domesticados y los que mayoritariamente ocupan los puntos de venta actuales. Hay todo un abismo determinante en la calidad nutricional y organoléptica del pan. La industria, para mecanizar sus procesos, necesita un tipo concreto de harina y de «mejorantes» (aditivos). Jöelle Rüegg, profesora de toxicología medioambiental en el prestigioso Instituto Karolinska de Estocolmo, explica que cuando se descubre la peligrosidad de uno de estos aditivos, la industria sencillamente lo sustituye, muchas veces por sustancias igualmente nocivas. Pero demostrarlo requiere tiempo, y ni la industria ni los organismos oficiales que se supone que deberían controlarlo tienen en cuenta los efectos de la acumulación en nuestro cuerpo ni las interacciones entre sustancias que potencian los efectos nocivos.

Son muchos los hornos, industriales o no, que aseguran que no ponen aditivos a sus panes, pero es una media verdad, puesto que usan harinas previamente preparadas o «mejoradas». Además, muchos de estos aditivos no se reflejan en ninguna parte, pues la ley permite omitirlos si estos desaparecen con la cocción. Además de la perversión informativa que esto supone, hay que tener en cuenta que la nueva generación de enzimas resiste la cocción.

Gigantes químicos como Puratos alardean obscenamente de hacer pasar gato por liebre con sus productos de laboratorio, eximidos de etiquetados de composición real del pan bajo la denominación clean label. Aseguran, sin embargo, que facilitan la fabricación de panes con sabores y aromas con el espíritu de los artesanos.

 
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Fotos: Albert Bruno

Pa turgidum

 

Hoy en día, muchos hornos hacen un uso simplista o directamente indecente de la palabra artesano, con el visto bueno de una ley ambigua. El «pan artesano» y la «masa madre» son una moda, a la que se  suman supuestos panaderos, que son, más bien, vigilantes de máquinas.

Otro de los grandes malentendidos es el que hay respecto de las levaduras. La levadura industrial es un tronco aislado de la familia de levaduras Sacharomyces cerevisiae. Una masa madre es un conjunto de levaduras diversas y bacterias que trabajan en equipo, digiriendo diferentes tipos de azúcares, y que necesitan su tiempo para ofrecernos un pan con las vitaminas y minerales biodisponibles, con bajo índice glucémico y menor potencial agresivo del gluten. Una levadura industrial no hace nada de todo esto. Tiene apetencia por un solo tipo de azúcar, fermenta rápidamente y, por tanto, a la harina no le pasa nada de nada. Responde solo a la obsesión industrial para acelerar, mecanizar y estandarizar procesos. No son pocas las masas madre que se inician con levadura industrial y por tanto no merecerían esta denominación, ni pocos los panes con masa madre que en algún punto de la panificación han sido «potenciados» con esta levadura.

Además, no son pocos los panaderos que desconocen el origen y los procesos básicos de su materia prima, como por ejemplo el molido. No tiene nada que ver un molido a la piedra con uno de cilindros —el más habitual hoy en día. Dentro del molido a la piedra también hay diferencias entre los tipos de molinos, las piedras de la mola y el arte, cada vez más escaso, del molinero. Por su parte, el molido con cilindros refina la harina extrayendo el máximo posible de salvado y de germen del trigo, dejando solo almidón y proteína insoluble. Además, la sobrecalienta y la oxida.

Los fondos de inversión llegan al sector

Los beneficios de este sistema avaricioso hacen que el negocio de la harina en nuestro país sea multimillonario, moviendo unos 3.000 millones de euros el año que se reparten pocos actores.

Aun así, nos encontramos en un país con déficit estructural en la producción de trigo. Tal como señala la Asociación de Fabricantes de Harinas y Sémolas de España, aproximadamente la mitad del trigo que consume esta industria viene del extranjero.

En contraposición, por ejemplo, en Catalunya, hay pequeños campesinos que llevan años recuperando variedades antiguas y autóctonas. Muelen en molino de piedra harinas de la mejor calidad, con sabores originales y llenos de matices, y conocen los ciclos completos del producto que ofrecen. Algunos de ellos son Josep Mestres, Cal Pauet, Gallecs, Fruits del Secà, La Garbiana, Mas Corcó o Pastant Diversitat. En el resto del territorio nacional tampoco faltan ejemplos.

En general, sin embargo, el capital ha entrado en el mercado del pan como un elefante en una cacharrería y, salvo alguna extraña excepción, no muestra más interés que el máximo beneficio económico. Tenemos varios ejemplos de fábricas de pan industrial ultramecanizadas:

    • Europastry, líder en el Estado en la producción de masas congeladas de pan y pastelería industriales, es una empresa familiar, participada en un 20% por el fondo de capital riesgo MCH Private Equity, que ya hace tiempo que prepara la salida a bolsa. Son los antiguos propietarios de El Molí Vell, L’Obrador del Molí y Santagloria. El 2015 los vendieron al fondo de inversión Nazca, que los adquirió a través de la plataforma de restauración multimarca Foodbox. Esta cerró El Molí Vell el 2016, sin preaviso y despidiendo los trabajadores sin acuerdo. Continúa gestionando los otros dos bajo el modelo de franquicia.
    • Berlys y Bellsolà pertenecen a la entidad de capital riesgo Ardian, que las fusionó con el Grupo Monbake, formado por varias empresas. Es competencia de Europastry en el sector de masas congeladas, pero también tiene cafeterías y panaderías bajo varias marcas como El Horno Artesano, Thaona, Taberna y más, sobre todo en el norte de España. Algunas propias, otras franquicias.
    • En Europa, la alemana Harry-Brot es una de las empresas líder en pan industrial precocido. Tiene 9 fábricas y 4.000 trabajadores.
    • A escala mundial, la líder indiscutible es la multinacional mexicana Grupo Bimbo, que no tiene vergüenza a la hora de decir sandeces como «Alimentamos un mundo mejor». Gestionan unas 20 marcas.

A una escala más pequeña y local encontramos las siguientes empresas:

    • El Fornet, fundada en 1927, fue adquirida el 2014 en un 90% por Corpfin Capital, una gestora de capital riesgo.
    • Massamara o 365 son franquicias. La primera, que no tiene nada de masa madre, es propiedad de la empresa As Life As Bread SL, de capital 100% chino. La segunda es propiedad de Pomposo SL, que pese a ser nacional, por alguna razón ha resultado atractiva para el capital chino que participa en parte de las franquicias.
    • Macxipa, con cerca de 200 tiendas propias, pertenece a dos socios. Uno de ellos viene de la banca y el otro proviene ciertamente de una alcurnia panadera. Quizás sea esto lo que los legitima a decir que son «maestros panaderos desde 1903» a pesar de que la empresa se fundara el 1992.
    • Las cadenas Café & Té y Panaria pertenecen a HIG, grupo inversor made in USA. Ambas se gestionan con modelo de franquicia.
    • CATAFAL PA SL dicen ser panaderos desde 1859, pero fue fundada el 1990, también con modelo de franquicia.
    • El gigante Granier, con más de 300 franquicias en España y en el extranjero, es propiedad de la sociedad Bakery Capital, controlada únicamente por el fundador de Granier, Juan Pedro Conde. Entre sus procedimientos brilla la congelación de la masa antes de la fermentación. La bollería y la pastelería son congeladas de Europastry.

La lista es larga y faltan actores, pero en estas grandes o pequeñas cadenas que ocupan el territorio, podemos encontrar un denominador común: se despacha pan del que se sabe muy poco. Las respuestas a cuestiones de pan o harinas son decepcionantes o hilarantes. Otro hecho que lamentablemente está convirtiéndose en una costumbre es que cada vez más hornos tienen una producción propia limitada y el resto lo compran a grandes productores.

Las cuatro harineras principales del Estado español son:

    • Haricaman, que provee a Lidl, Alcampo y Carrefour, y de la cual es socia La Junta de Castilla-La Mancha.
    • El Grupo La Meta, propiedad de parte de la familia Vall, de Lleida, es un imperio agroalimentario con industria cárnica —domina el sector del cerdo y del pollo—, logística e inmobiliaria. Distribuye las marcas de harina La Palentina, Harinas Torija y Molisur. Es la tercera harinera del país.
    • Harinera de Mar, proveedora de Mercadona bajo la marca Aragonesa, está en manos de un único accionista, Caja Rural de Navarra. Presume de ser la fábrica más grande de harina del Mediterráneo y participa, también, de Harinera de Tardiente (Huesca), Haribéricas (Sevilla), Grupo Harántico (Pontevedra) y Harivasa 2000 (Navarra). Todo esto la convierte en el segundo actor harinero de España.
    • Finalmente, Harinera Villafranquina, controlada por otra parte de la familia Vall, es la harinera más grande del país, con 8 fábricas y venta a 25 países.
 

 

¿Qué pan queremos?

Es interesante preguntarnos qué pan queremos: ¿uno que nos alimente y cuide nuestra salud —indisociable de la salud de la tierra— o un pan industrializado o falsamente artesano, cargado de agroquímicos y aditivos, y hecho por máquinas?

La responsabilidad también es nuestra. Podemos comprar harinas directamente a los proyectos agroecológicos de nuestro territorio, aquellos que recuperan variedades antiguas y tradicionales, y hacer pan en casa, o bien podemos buscar alguno de los hornos artesanos de verdad que todavía quedan. Son pocos y hay que cuidarlos. Hace poco, ha aparecido aquí una figura muy extendida en Francia, la del campesino panadero. Cultiva variedades tradicionales, muele a la piedra y hace el pan con buena masa madre. Si tenemos la suerte de tener uno cerca, no dudemos de disfrutar de su pan de ciclo completo. Además de poder conocer el proceso de lo que comemos, nuestro sistema digestivo, nuestro paladar y nuestra tierra saldrán beneficiados.

Albert Bruno

Nutricionista naturópata y panadero con trigos antiguos

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