Conversatorio

Revista SABC

Conversamos sobre la actualidad con tres mujeres que dedican su ámbito profesional y activista a mejorar la sociedad rural desde diferentes sectores y territorios.

 

 
Tamara

Tamara Balboa

Soy trabajadora social en un municipio de 29 pueblos con un total de 1700 personas, en la provincia de Ourense. Trabajo en un centro de desarrollo rural, Portas Abertas, que forma parte de la Confederación de Centros de desarrollo Rural (COCEDER), que actúa por el desarrollo y la inclusión social en 9 comunidades autónomas y del que desde 2017 soy la presidenta en el ámbito estatal.

Soledad

Soledad Castillero

Mujer, andaluza, de pueblo, rural y seseante. Todo esto son cosas que me interpelan. Soy de un pueblo de la campiña sur cordobesa, de 4500 habitantes, pero habitualmente vivo en Granada porque soy antropóloga y profesora en la universidad. Escribo mi tesis doctoral sobre soberanía alimentaria y movimientos migratorios forzosos desde una perspectiva de género. También soy militante del SAT.

Paula

Paula Durán

Soy de un pequeño pueblo de La Safor, una comarca entre Alacant y València. Cuando estudiaba en Castelló, empecé a militar en el movimiento antifracking local, entre otros colectivos y cuando volví a mi comarca, me uní a diversas organizaciones políticas dentro del eje anticapitalista, feminista y antifascista. Para trabajar de forma constructiva, empecé a aprender el oficio de agricultora desde la visión de la agroecología y ahora trabajo en eso.

 

  ¿Qué os preocupa de la sociedad actual?

Paula: A mí, tanto por mi ámbito laboral como por militante, me preocupa el acaparamiento de tierras por parte de grandes empresarios y también la polarización de la sociedad, porque es un escenario muy parecido a los que se dieron cuando creció el fascismo en Europa. Como se acaban las fórmulas por las que los superricos acumulan riqueza desde hace siglos, ahora acaparan tierra. Creo que en un futuro no muy lejano volverá a haber una especie de neofeudalismo, incluso con ejércitos privados.

Tamara: A mí me preocupan muchas cosas, como la deriva medioambiental que no tiene retorno y la falta de voluntad general para ponerle solución. En mi zona, me preocupa un medio rural que se está despoblando, la gente ha dejado de trabajar la tierra y Galicia está trayendo alimentos y bienes agrarios de fuera. La tierra empieza a concentrarse en pocas manos. ¿Qué va a pasar con el monte en mano común que existe y al que tenemos derecho para su uso y disfrute? Cuando no estemos, ¿podrá venir alguien que compre la aldea y gestione todo ese monte? También vuelve la amenaza de la minería. En las zonas donde en su día se explotó estaño y wolframio ahora hay capacidad de detectar otros minerales y se han otorgado concesiones a empresas canadienses a espaldas de la población.

Soledad: Comparto vuestras preocupaciones. En Andalucía hay 4000 hectáreas de tierra productiva en manos de la Junta de Andalucía y cientos de fincas desaprovechadas en manos de bancos como el BBVA. Estas tierras podrían redistribuirse y producir jornales, como en el caso de Cerro Libertad, en Jaén, que el SAT okupó y pudo dar trabajo a 30 familias. A mí me preocupan mucho los derechos laborales en estos tiempos en los que la ciudad ha representado el arquetipo de la modernidad, una modernidad precaria, frustrante. Y ahora toda una generación de personas hiperpreparadas encuentra un embudo de inestabilidad, competencia, paro, falta de derechos laborales… Andalucía me duele en el corazón porque el turismo se ha situado como el máximo exponente económico con una gran masa social que está siendo explotada.

Esta pérdida de derechos, de capacidad de gestión de bienes naturales, ¿pensáis que está provocando un sentimiento de lucha o más bien apatía y desafección política?

 
   Si no conseguimos que las clases populares se apropien de un discurso transformador que las empodere, que tome las riendas de lo que viene, yo creo que poco vamos a poder hacer.   
 

Paula: Yo lo que veo es que se está intentando criminalizar a las clases populares de la crisis climática y esto congela un poco la actuación porque la limita al ámbito individual en lugar de dirigirla a la actuación colectiva. Por ejemplo, organizarnos para intentar gestionar asuntos conjuntamente, en el ámbito local, para reducir el impacto ambiental. Pero se sigue con el «no cojas el coche, no consumas carne, empobrécete más». Si no conseguimos que las clases populares se apropien de un discurso transformador que las empodere, que tome las riendas de lo que viene, yo creo que poco vamos a poder hacer.

Soledad: En Andalucía, desde hace décadas, todo lo que históricamente tenía que ver con lo colectivo y con los valores propios, como la custodia de saberes populares, la gastronomía o las formas de vida comunitaria, ha sufrido una campaña en contra que lo sitúa en el pasado y en el folclore. Las series, las películas y el cancionero andaluz mitifican todo esto y lo apalean.  Claramente, ha habido un extractivismo social y cultural; por ejemplo, la oferta turística se construye a partir del sol y la dieta mediterránea, pero los salarios y los horarios laborales de la gente de aquí se han transformado tanto que comerte un puchero hoy en día es todo un lujo. Pusieron al servicio del mercado todo aquello que nos vendieron como obsoleto y nos hicieron comportarnos de forma homogénea en pos de un capitalismo extremo, moderno y futurista que está ahogando estas formas de vida que resisten como pueden a través del movimiento cooperativista, campesino y feminista, que por suerte todavía laten fuerte.

Tamara: Para movilizarnos nos falta conexión entre movimientos. Nos centramos en lo que nos diferencia en lugar de en lo que nos une, que yo estoy convencida de que es un elevado porcentaje, y juntándonos podríamos llegar mucho más lejos. En mi entorno más inmediato, lo que percibo es la concepción del «yo poco puedo hacer», es decir, la indefensión aprendida. Por otro lado, todo lo que está pasando en el mundo es fruto de un sistema y nos falta una actitud crítica. No nos acabamos de creer el poder que tenemos, falta educación democrática.

Paula: La educación democrática es un problema común y creo que la única solución es que gran parte de la sociedad se vea en una crisis de privilegios y derechos. Cada crisis económica permite que nos replanteemos el sistema en el que vivimos y nos demos cuenta de cómo se gestiona todo para volver a lo que ha sido siempre coherente, el modelo de vida en el medio rural, donde se guarda nuestro conocimiento, nuestras lenguas, las formas de organizarnos, esa cultura propia que permite saber qué recursos hay, cómo gestionarlos y cómo vivir con ellos, y que ha permitido sobrevivir durante mucho tiempo a las clases populares.

 
   Comerte un puchero hoy en día es todo un lujo. Pusieron al servicio del mercado todo aquello que nos vendieron como obsoleto.   
 

  ¿De qué manera pensáis que despojarnos de nuestras formas propias de ver el mundo nos incapacita para ejercer un diálogo cultural y de saberes y, por tanto, para solidarizarnos entre pueblos y construir colectivamente?

Soledad: Este intento homogeneizador no solo va contra el encuentro con personas de distintas culturas o latitudes, sino contra la nuestra propia. Esto se ve muy claro entre generaciones y lo estamos trabajando desde el feminismo andaluz. Al subirnos al carro del «desarrollo» nos hemos querido saltar a nuestras antepasadas. Hemos caído en la trampa de tachar de antítesis del feminismo a nuestras madres, abuelas, amigas del pueblo, porque no responden a los cánones impuestos. Eso ha hecho mucho daño. Andalucía no se entiende sin la diversidad de culturas porque ha nacido de ahí; sin embargo, el racismo es una realidad, nos proyectamos en lo blanco, una cuestión claramente de clase. Estando a 14 km del continente africano es imposible que yo no me identifique con mis hermanas del otro lado del estrecho que en su día fueron ciudadanas de ley y de derecho aquí y hoy se ven expulsadas y criminalizadas.

Paula: Para mí, la homogeneización cultural, que principalmente viene del capitalismo, conecta directamente con el fascismo y en el Estado español lo estamos viendo: ahora mismo el tema catalán supone un motivo de enfrentamiento entre los pueblos del territorio y, de alguna manera, el anticatalanismo está siendo el punto de unión de la idea de España. La estrategia del Estado es impedir que veamos como unión y riqueza nuestra propia diversidad y utilizarla como motivo de enfrentamiento. ¿Cómo podemos darle la vuelta a esto?

Tamara: Centrando mi respuesta en el medio rural, yo digo que estamos en una situación de urgencia, porque cuando desaparezcan los últimos pobladores de nuestras aldeas se habrá ido una cultura milenaria, todos los saberes, prácticas y maneras de relacionarse con el territorio que son específicas de cada lugar. Lo que me genera angustia no es solo que se queden sin gente, sino la ruptura que se va a producir. ¿Cómo van a adaptarse nuevas pobladoras sin esas personas? Todo esto agrava el riesgo de una mayor homogeneización. Sobre el diálogo cultural, yo, que tengo 33 años, he visto que cuando una mujer se quedaba viuda en los pueblos, tuviese la edad que tuviese, se vestía de negro y se ponía una pañoleta negra en la cabeza. Alguna no se la ha quitado en toda su vida por la presión social que eso generaba. Cuando escucho comentarios sobre las mujeres musulmanas y el velo, siempre hago esa asociación. Está muy bien tener una actitud crítica ante determinados hechos, pero ¿por qué no empezamos por analizar nuestra propia sociedad? Veremos que no es tan diferente. Sin embargo, tenemos esa capacidad de considerar inferior la cultura de fuera.

 
   Lo que percibo es la concepción del "yo poco puedo hacer", es decir, la indefensión aprendida.   
 

  ¿Qué podemos hacer respecto a esta falta de capacidad crítica y autocrítica, de empatía, que nos lleva a la pérdida de saberes? ¿Qué estáis haciendo vosotras que os resulte gratificante y esperanzador en este sentido?

Paula: En mi comarca nos hemos juntado un grupo de jóvenes con las mismas inquietudes y estamos intentando buscar a personas mayores que ya no pueden seguir trabajando la tierra para conseguir cesiones, custodiarlas, trabajarlas y abastecer las redes agroecológicas. También queremos recuperar los oficios tradicionales y la gestión comunal de los recursos; por ejemplo, introducir poco a poco una asamblea en el pueblo, para trabajar tanto la parte de autoocupación como la de  autogobierno. Sería fantástico que personas formadas políticamente como nosotras podamos aplicar esta forma de reinventarnos en nuestros pueblos, ver si es viable y poner en común la experiencia. Además, aquí hay algunos proyectos como el centro social Ca Saforaui, en un barrio multicultural de Gandia. Allí ofrecemos asesoramiento laboral, de derecho a la vivienda, banco de alimentos, armario solidario, recogida de juguetes y material escolar, etc. El objetivo es que la gente del barrio se encuentre en estos contextos de comodidad, afectos y apoyo mutuo y no de enfrentamiento y supervivencia que es lo que viven día a día en la calle o en sus trabajos. Y por último, participo de otras organizaciones de acción y formación anticapitalista, feminista, ecologista y antifascista.

Soledad: Yo en la universidad hablo de lo cercano, de los problemas de la calle y pongo ejemplos que den una idea más clara del territorio que están viviendo, sin utilizar teorías que a veces hasta nos cuesta pronunciar. En el día de presentación del curso pasado, me resultó muy curioso que todo el alumnado fuera de Sevilla, de Málaga... En realidad, no era así, el 90 % eran de pueblo. Hicimos la reflexión sobre desde dónde y cómo nos referimos a nosotras mismas y lo tuvimos presente durante todo el curso. Si negamos nuestro territorio de procedencia, estamos haciendo un flaco favor a nuestra identidad y favoreciendo que no se conozca lo rural porque no se enuncia. Fue algo que les hizo pensar mucho. En el plano más íntimo y personal, trato de potenciar la conciencia con el comercio local y con el pueblo. Intento comprar aquí y dar a conocer lo que se hace, hablar con las mujeres de la familia que durante tanto tiempo dejamos de lado. El pasado no se puede recuperar intacto, hay que ararlo, ser crítica en los resquicios que tenga que darnos y mejorar lo que ya no nos vale. Quedarme en Andalucía y proyectarme como ente político en el territorio andaluz es una forma de resistir, hasta ahora me ha ido bien y no he tenido que migrar.

Tamara: Yo intento cada vez más, aunque no siempre es fácil, dar coherencia a aquello que pienso y hago. Vivo en el sitio donde nací, en un pueblo de 100 personas, y es algo de lo que me siento tremendamente orgullosa. En mi familia, siempre se me ha enseñado que estaba en el mejor sitio en el que podía estar. Se me ha enseñado a valorar el contacto con la naturaleza y sus ritmos. He tenido la suerte de estar rodeada de muchas personas mayores y de poder escucharlas. En mi entidad trabajamos con niñas y niños en centros educativos y tratamos de hacerles ver que están en el mejor lugar, que hoy en día no hay buenas opciones de vida migrando. Hay un proyecto para acoger a nuevas pobladoras, puesto que muchas casas y tierras, e incluso negocios, van a cerrarse porque no hay relevo. Tratamos de facilitar este proceso; si alguien quiere venir a un pueblo, tiene que saber lo que se va a encontrar, no puede pretender vivir aquí con un modo de vida totalmente urbano.

  ¿Es más fácil generar cambios contrahegemónicos en un pueblo o en una ciudad?

Tamara: Si me ciño a mi realidad concreta, te diría que en un pueblo no es más fácil por varios motivos. Los cambios generalmente vienen asociados a la gente joven y aquí esa población es muy reducida. Por otro lado, está el marcaje político que sufrimos. En un ayuntamiento de 1000 personas todas nos conocemos y eso te puede facilitar las cosas, pero estamos marcadas para uno u otro lado. Cuesta mucho sacar adelante ideas y que se te escuche y esta situación ha expulsado a la gente joven con iniciativa. Esto es una lacra que sufre el medio rural gallego porque no hay prácticamente relevo político, hay alcaldías de por vida que se heredan de padres a hijos y no se le da suficiente importancia a que las listas estén formadas por gente capacitada.

Soledad: Te comprendo perfectamente. No tengo claro qué es más fácil. Todo depende de qué cambios se planteen y no es lo mismo un pueblo de interior que de costa, etc. Para tratar de incorporar cambios hay que tener confianza y saber hablar el mismo idioma, en los mismos términos, esto tiene una importancia suprema: los ritmos, los silencios, la escucha, todas estas cuestiones pueden llegar a provocar grandes enfrentamientos y arruinar proyectos importantes por no haber un conocimiento social, cultural, etc. del lugar en el que se quiere incidir. Nosotras mismas volvemos a nuestro pueblo con estas carencias porque no somos las mismas, ni el territorio al que volvemos es el mismo que cuando lo dejamos. Hay que escuchar primero a la gente del lugar sin mitificarla y entendiendo que la complejidad está en todas partes y por supuesto en el medio rural también. Desde mi punto de vista, Montalbán no necesita grandes cambios, pero la ciudad de Granada sí, de raíz.

Paula: Mi realidad es muy particular. Mi pueblo tiene 1000 habitantes, pero está a media hora en bici de la costa y a 10 minutos de una ciudad de 70.000 habitantes. Tiene, además, un tejido social potente y siempre ha gobernado la izquierda. Bebemos mucho de la politización de los lugares de alrededor, algo que no es fácil en pueblos de interior. En este contexto, creo que el medio rural es el lugar donde construir porque hay confianza y es más fácil introducir un discurso político transformador. En las ciudades, el aislamiento dificulta la comunicación y el conocimiento mutuo. Aunque se están construyendo movimientos como el del derecho a la vivienda, pienso que, de alguna manera, son esfuerzos perdidos porque en 30-40 años la gente va a volver al medio rural, las ciudades van a dejar de proporcionar medios de vida. Deberíamos apostar porque el mundo rural es el futuro, pero sin mistificarlo, ya que la idealización solo ayuda a ocultar las verdaderas posibilidades de vida en él.

Tamara: Hay muchas personas en otros lugares de Galicia con las que comparto muchas cosas y con las que puedo poner en marcha cambios: actuando desde mi propio lugar, pero sin ceñirme necesariamente a mi municipio. Esas alianzas son la clave.

¿Qué es el fascismo para vosotras?

Tamara: Hay una cita muy buena de Saramago que dice que los fascistas del futuro no van a tener el perfil de Hitler o Mussolini, van a ser hombres que hablen de todo aquello que la gente quiere oír: la bondad, la familia, las buenas costumbres, la religión y la ética. Yo creo que esta es la amenaza a la que hoy en día nos vemos sometidas.

Soledad: Yo creo que el fascismo es toda esa serie de ideales, valores, planes y proyectos que van en contra de la equidad, la dignidad humana y todo intento de soberanía. La extrema derecha se sitúa en el panorama como una opción más en lugar de descartarse directamente.

Paula: El fascismo es cualquier sistema político e ideológico de opresión que instaura una dominación, que aplica represión y censura al resto de visiones y lógicas. Ahora mismo los estados casi no tienen fuerza y ese papel lo ejercen las grandes multinacionales, que imponen su punto de vista y su actividad por encima del derecho a la vida, al territorio y a la supervivencia de todas las especies del planeta.

 

 

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