La lucha por la soberanía saharaui

Marta MAICAS PÉREZ

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Invernadero de un huerto de varias familias en la wilaya de El Aaiún. Foto: Marta Maicas

Calabacines, remolachas, zanahorias, nabos, cebollas, tomates, lechugas, son algunas de las cosas que no esperas encontrarte en la dura y extrema Hamada de Tinduf, Argelia, donde viven desde hace cuarenta y dos años casi 200 000 personas refugiadas saharauis. ¿Cómo se alimenta un pueblo sin soberanía?


En 2017 el gobierno de la República Árabe Democrática Saharaui (RASD) aprobó un decreto presidencial que obliga a las instituciones del Estado (ministerios, centros de formación, unidades de protocolo, etc.) a impulsar el cultivo de sus propios alimentos. Con la ayuda del Centro de Experimentación y Formación Agraria (CEFA) y de organizaciones internacionales (que aportan sobre todo las semillas), ya son 25 las instituciones que cultivan en sus instalaciones una parte de los alimentos cocinados en sus comedores. El cuidado de estos huertos está en manos de las personas que trabajan en cada organismo, así como de las usuarias o participantes más ocasionales. Junto a los 500 huertos familiares agroecológicos existentes en los campamentos desde 2009, los huertos institucionales pueden suponer un gran avance en términos de soberanía alimentaria para el pueblo saharaui, sobre todo en las wilayas (provincias) de El Aaiún y Dajla, que cuentan con agua del subsuelo. En Smara y Auserd el agua es más escasa y los huertos existentes (excepto el regional) utilizan agua almacenada.

En 30 o 40 días ya se observan los resultados del cultivo de calabacines o repollos, lo que motiva a más familias a desarrollar sus propios huertos o a unirse a los que ya funcionan. Además, las condiciones del terreno y la poca humedad reducen por el momento la presencia de plagas y enfermedades en las plantas.

La capacidad de producción propia no debe pasar desapercibida, ya que el pueblo saharaui depende totalmente de la ayuda alimentaria internacional para su alimentación, lo que ha supuesto hasta hora un arma de doble filo y deja ver una vez más la estrecha relación entre soberanía alimentaria, territorio y cultura.

CUARENTA AÑOS DE SILENCIO

El Sáhara Occidental fue la última colonia española, pero su historia no avanzó hacia la soberanía sobre sus territorios ni hacia la independencia. Inspirado por los diversos movimientos africanos de proliberación, en 1970 el pueblo saharaui reclamó su autonomía proponiendo un proceso de diez años hasta lograr la completa independencia, pero el régimen franquista reprimió las protestas pacíficas y torturó y asesinó al líder del movimiento, Sidi Mohammed Bassiri. Los estudiantes saharauis se organizaron, dando lugar en 1973 al Frente Polisario e iniciaron los primeros ataques de resistencia. El Estado español puso fin a sus responsabilidades sobre el territorio en 1975, con la firma de los Acuerdos Tripartitos con Marruecos y Mauritania, acuerdos comerciales de explotación de los recursos a cambio de la cesión del territorio. Desde entonces, el Estado español ha ido renovando diferentes acuerdos de pesca en aguas saharauis, ha explotado los yacimientos de fosfatos (el Instituto Nacional de Industria y Energía participó hasta 2002 en la empresa fosfatera Fos Bucraa) y ha extraído arena del Sáhara para las playas españolas.


     En 1991 acabó la batalla armada, pero debido al respaldo de Francia y Estados Unidos (miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, lo que les concede derecho a veto) y al silencio responsable del Estado español, Marruecos mantiene el bloqueo al proceso de liberación saharaui, a pesar de los intentos de las Naciones Unidas y diversos organismos internacionales por «encontrar una solución».  
 

En 1991 acabó la batalla armada, pero debido al respaldo de Francia y Estados Unidos (miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, lo que les concede derecho a veto) y al silencio responsable del Estado español, Marruecos mantiene el bloqueo al proceso de liberación saharaui, a pesar de los intentos de las Naciones Unidas y diversos organismos internacionales por «encontrar una solución». Actualmente, el territorio del Sáhara Occidental está dividido por un muro de casi 3000 km que separa al oeste la parte ocupada militarmente por Marruecos y al este el territorio administrado por el Frente Polisario, sobre el que ejerce su soberanía la RASD. La estructura de gobierno se compone de un Consejo de Ministros, una rama judicial y el Consejo Nacional Saharaui (parlamento). Además, anualmente se celebran congresos populares de base en los cuales participa toda la población de cada daira (unidad administrativa territorial).

DE LA DIETA NÓMADA A LA AYUDA ALIMENTARIA

Las condiciones de vida en el refugio no llegan a cubrir las necesidades básicas de alimentación, salud e higiene de la mayoría de la población. Sin embargo, el esfuerzo de las familias, el Frente Polisario y el apoyo argelino ha permitido conseguir cambios significativos en los campamentos, como la llegada del cableado eléctrico a la mayoría de wilayas.

Las mujeres saharauis levantaron y organizaron los campamentos y son las encargadas de la distribución de la ayuda humanitaria de la que hoy dependen todas las familias para alimentarse. El reparto de alimentos lo gestiona la Media Luna Roja Saharaui desde 1975. La canasta básica, compuesta por cereales (harina y cebada), cebolla, zanahoria, aceite y azúcar, está financiada por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU, mientras que el producto fresco lo proporciona la Cruz Roja Española, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y la European Civil Protection and Humanitarian Aid Operations (ECHO). Sin embargo, esta ayuda apenas cubre el 70 % de las necesidades de las familias, y las que pueden permitírselo completan su dieta comprando en los marsas o mercados locales. El dinero y el comercio local son algo todavía nuevo en los campamentos, que han cambiado considerablemente en los últimos años con la llegada de las primeras tiendas de alimentos frescos y envasados, ropa o material escolar. También existen pequeños restaurantes y panaderías. La mayoría de los productos de estos comercios procede del mercado de Tinduf (Argelia), a media hora por carretera.

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Mujeres saharauis llevando la comida a las cabras. Foto: Marta Maicas

 

La cultura saharaui no es agrícola debido a su naturaleza nómada. La alimentación tradicional consistía principalmente en pan, leche y carne de cabra y camello. Se cultivaba para la alimentación de los animales y algunas familias sembraban trigo y cebada para hacer el pan. Fue una vez en el exilio, con la llegada del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, cuando el pueblo saharaui experimentó una diversificación en su dieta y tuvo que adaptarse a lo que recibían mensualmente.

PRODUCIR VERDURAS EN EL DESIERTO

Existen pequeñas iniciativas que promueven la producción local en los campamentos, especialmente desde que el Comité Económico y Social Europeo dejara de financiar la canasta de productos frescos de la Media Luna Roja. Se trata de iniciativas impulsadas por ONG.

Baba Efdeid, secretario general del Ministerio de Desarrollo Económico y director del CEFA, nos cuenta que ha impulsado y colaborado en diferentes estudios sobre el árbol de moringa, el análisis del agua y de la tierra, así como en el desarrollo de semilla local. Además, están llevando a cabo con las familias una investigación sobre la fabricación de un pienso propio que las libere de la dependencia de compra de pienso en Tinduf, que supone un 75 % del presupuesto destinado al ganado.

Tras ofrecer formación en agricultura a la población, se crearon huertos de diferentes tipos. Los familiares tienen alrededor de cien metros cuadrados, no utilizan productos químicos y son propiedad de las mujeres, que se encargan de su cultivo y cuidado. Existen otros huertos que llevan en marcha más de 30 años: los huertos nacionales (de hasta 20 ha) y regionales (entre 5 y 10 ha). El agua se extrae del subsuelo y a pesar de la salinización de la tierra, se cultivan decenas de variedades de verduras. Las semillas se compran en Tinduf o son donadas por las organizaciones, quienes también aportan fertilizantes a los huertos regionales. Así, en la primera década del 2000 se llegó a producir una cantidad suficiente para complementar hasta 4 veces al año la campaña de distribución de alimentos frescos.

Taleb Brahim, ingeniero agrónomo saharaui y director central del Departamento de Huertos familiares en el Ministerio de Desarrollo Económico, asegura que la producción local agrícola se ha visto gravemente perjudicada por el enfoque proyectista y cortoplacista de la mayoría de las ayudas. Jalib, extrabajador del huerto de la wilaya de Smara cuenta cómo tras la llegada de la crisis, únicamente las iniciativas familiares han sobrevivido a la eventualidad de los fondos ligados a la cooperación.

EL PRECIO DE LA AYUDA ALIMENTARIA

Pero a pesar de estos esfuerzos, la situación alimentaria en los campamentos es todavía muy precaria e inestable. Las difíciles condiciones del refugio y del terreno desértico en las que viven 200 000 saharauis actualmente son muy duras y la desesperanza por el abandono al que se ha visto relegada su causa es, en muchas ocasiones, un freno para el desarrollo local y la búsqueda de alternativas por parte de la juventud.

La Media Luna Roja reparte cada mes 220 toneladas de canasta básica y 300 de producto fresco. Esta dependencia de la ayuda humanitaria supone una gran contradicción para la lucha saharaui ya que el principal financiador del programa de alimentos de la Media Luna Roja es el gobierno de EE. UU., seguido por el español, aunque su aportación es mucho menor. Algunas voces apuntan a que los recortes alimentarios sufridos en los últimos años son también una estrategia de presión para la RASD. Este hecho pone en duda el compromiso del sistema de cooperación internacional, de los programas mundiales y de algunas organizaciones como Naciones Unidas, que en momentos determinantes dan la espalda a las realidades locales y enmudecen voces y reclamos de millones de personas en el mundo.

La causa saharaui es de naturaleza política, por lo que la única solución será política. Por suerte, la lucha incansable del pueblo saharaui no está, ni mucho menos, agotada. Los huertos son resistencia de base y compromiso y promueven lo que más añora y reclama el pueblo saharaui: soberanía e independencia.

 

Marta Maicas Pérez
Estudiante del Máster de Cooperación al Desarrollo de la Universitat Politècnica de València
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