Una experiencia de vida sobre la transformación social desde abajo

Patricia Dopazo Gallego

 
W 600 Mercat Arrels

Cata de tomates en el Mercado Arrels. Foto: Cristina López

W 600 Raquel

Raquel Giner, fundadora del mercado Arrels. Foto: Patricia Dopazo

 

Raquel Giner tenía 29 años cuando se juntó con tres compañeras para poner en marcha un mercado agroecológico mensual en su pueblo, Sant Joan d’Alacant. Recientemente, tras seis años de funcionamiento, el mercado ha aumentado su periodicidad a bimensual. Hablamos con ella del cómo y los porqués.


 

Sant Joan d’Alacant es un pueblo pequeño muy cerca de Alicante, donde estuvo ubicada parte de la huerta que alimentó la ciudad y que conserva aún elementos patrimoniales valiosos, como casas de labranza, acequias, caminos o torres de vigilancia. Todo en medio de urbanizaciones, carreteras, abandono y un plan general de ordenación que perpetúa su condena.

AQUÍ ANTES HABÍA PERSONAS TRABAJANDO LA TIERRA

Sus abuelos siempre vivieron bien y dieron trabajo en el campo a la gente de alrededor, sin embargo, en solo una generación las cosas cambiaron radicalmente. Vivir de la tierra dejó de ser viable y aun queriendo dedicarse a la agricultura, el tío de Raquel tuvo que trabajar de bombero para poder complementar la renta agraria, porque los gastos de producción cada vez eran más elevados y los precios de venta más bajos. «¡Y mi abuelo contrataba a gente!», señala Raquel, a quien esto le parece un elemento muy significativo de hacia dónde ha ido la sociedad y sus prioridades.

«En mi familia se llegó a asumir que no es posible vivir de la huerta; mi abuelo ya me decía constantemente que tenía que estudiar. Yo quería dedicarme a algo que tuviera que ver con la tierra o con los animales, por eso estudié ingeniería técnica agrícola, por mis abuelos, por lo que me marcó la infancia con ellos». Sin embargo, el modelo de agricultura que encontró en la universidad no tenía nada que ver con lo que había aprendido de sus abuelos, le pareció que no tenía ni alma ni sentido, así que prefirió no tener nada que ver con eso.

«Quería ser cooperante y trabajar por el desarrollo de países del Sur, por eso me fui a aprender idiomas a Irlanda y Portugal e hice el máster de cooperación internacional, que me abrió los ojos. Tantos años pensando que por fin sabes lo que quieres ser de mayor y te das cuenta de que el modelo de cooperación europeo es la otra cara del sistema capitalista, una moneda de cambio que genera dependencias. Fue una enorme decepción, pero ahí me di cuenta de que cooperar de verdad es participar en los movimientos sociales locales». Fue por eso que Raquel decidió hacer su trabajo de fin de máster sobre las posibilidades de montar un mercado agroecológico en su pueblo, porque se trataba de impulsar el desarrollo local sostenible en todos los aspectos: social, medioambiental, político y económico. En ese sustrato germinó la semilla del mercado Arrels.

UN MERCADO PARA PODER VIVIR DE LA AGRICULTURA

«Vino todo rodado. Con el trabajo para la universidad recogimos información e hicimos algunos contactos y gracias al grupo de consumo Mercatrèmol conocimos a productores que tenían necesidad de espacios de venta directa, donde ellos pusieran los precios. La idea les interesó mucho». Raquel recuerda que en ese momento COAG CV, que participa en la Plataforma per la Sobirania Alimentària, tenía una subvención europea para impulsar mercados con ese perfil, así que pudo ayudar en esos primeros meses cediendo su seguro de responsabilidad civil y financiando el diseño de la imagen del mercado y la impresión de carteles. «¿Qué hago organizando un mercado si no tengo ni idea de cómo hacerlo? Esta pregunta me agobiaba constantemente, pero la motivación y el apoyo de personas de la Plataforma me animaron, porque eran compañeras ya metidas en el tema y con experiencia en trabajo en equipo. Sola no puedes, pero con amigas sí. Fue totalmente así», recuerda Raquel.

Para ella, uno de los momentos más bonitos de todo este proceso fue cuando se sentaban las cuatro en la mesa para pensar el proyecto. Siempre tuvieron claro que querían hacerlo en un espacio público, en la calle, para estar cerca de la gente, aunque supusiera más papeleos. Querían hacer algo horizontal, donde la parte productora no fuera solo a vender, sino que tomara decisiones y se responsabilizara de algunas tareas; también era fundamental que, a pesar de ser solo una vez al mes, fuera viable económicamente para quienes montaran un puesto. «Salía prácticamente de la nada, no había referentes porque no había mercados cercanos así. Los modelos eran los mercats de pagès de Baleares y los del País Vasco, pero no habíamos podido ir a visitarlos». Raquel cuenta que los primeros años surgieron muchos mercados parecidos que cayeron, excepto algunos que se pusieron en marcha con el apoyo municipal, como los mercats de la terra de la Marina Alta o el de venta directa de Godella.

Una función muy importante del mercado Arrels es organizar charlas y talleres relacionados con soberanía alimentaria y consumo crítico, y siempre cuenta con un puesto de información que le dé contenido político. «Este es el papel de Ecologistas en Acción, que difunde sus campañas y vende sus materiales divulgativos y que, además, es la entidad que ofrece su personalidad jurídica, ya que Arrels no está formalizado como entidad».

LAS DIFICULTADES

En el gobierno local, Arrels solo encontró obstáculos; nunca supieron valorar el proyecto. Durante los primeros cuatro años tuvieron que ir todos los meses a solicitar el permiso para cada mercado y esperar la respuesta. «Ahora no sé cómo pudimos aguantar todo eso, igual que cuando los políticos nos querían encasquetar productores que no cumplían ningún requisito, o no nos daban un punto de luz en la plaza, ni sillas o mesas para las actividades infantiles, ni ayudaban nada en la difusión. No tenían voluntad de facilitar la organización del mercado. El primer año, solo vinieron a hacerse la foto. Esto te cabreaba en el momento, pero luego te daba más fuerza». Por fin este año se ha conseguido que el mercado saliera a concurrencia competitiva y se ha ganado el concurso, lo que da estabilidad al mercado y aumenta su frecuencia a dos ediciones al mes.

Algo que siempre ha sonado poco coherente con los principios del proyecto es que se celebre en domingo, pero el ayuntamiento siempre lo ha puesto como condición, por posibles conflictos con el comercio local.

A pesar de estas trabas de la administración, Raquel ha llevado mucho peor la dificultad que supone tomar decisiones en el grupo, por la voluntad de hacer del mercado un proyecto colectivo, sin un trabajo de coordinación retribuido. «Los productores también se han quemado con nuestros correos y nuestros discursos para que arrimaran el hombro. Nos teníamos que haber dado cuenta de que eso era complicado porque su día a día no es como el nuestro, pero ha habido momentos de estar al límite, de mantener el mercado a costa de una misma, renunciando a otras cosas. Podríamos haber hecho más, pero hicimos lo que pudimos». Y lo que se ha podido hacer no es poco. Se ha conseguido consolidar el mercado, establecer una colaboración entre las personas productoras y crear vínculos afectivos que al final, como dice Raquel, es lo más valioso y lo que permanece. Aunque ahora hay una implicación más equilibrada, ella piensa que lo ideal es profesionalizar ese trabajo de gestión y dinamización.

QUE LAS IDEAS SE CONVIERTAN EN ACCIONES

Raquel ha estado este año unos meses en Argentina, conociendo y apoyando los movimientos campesinos que luchan contra el monocultivo de soja y las transnacionales. Ahora, más que nunca, sabe que Arrels es un pequeño grano de arena frente a la inmensidad del injusto sistema alimentario global. «Lo hemos sacado adelante desde la militancia, desde nuestro tiempo. Para mí es una forma de devolver a la sociedad mi gratitud por los privilegios de vivir donde vivo, de haber podido estudiar, viajar… y por eso es casi una obligación trabajar para construir una sociedad mejor donde todas podamos vivir una vida digna y feliz. El proyecto es muy importante por pequeño que sea, sí que transforma la sociedad porque en algunas personas cala, es una alternativa de consumo». Raquel menciona todos los proyectos que el mercado ha generado, como la creación de un obrador colectivo, el sistema de certificación agroecológica participativo o las incontables conversaciones entre productoras y personas que compran de forma habitual. «A veces pienso en cosas como los tratados de libre comercio, el TTIP o el CETA, que se lo pueden cargar todo de un plumazo, pero creo que ya he aprendido a no rendirme por pensar en esto. Es necesario que las ideas se transformen en acciones para que puedan transmitirse».

Cuando se observa toda la evolución del mercado desde esta distancia temporal hay un detalle muy evidente: Arrels lo han movido siempre mujeres. «Sí, desde su origen las personas más implicadas siempre hemos sido mujeres, la de coordinación, las que han acudido a las reuniones con el Ayuntamiento, a las charlas a las que nos han invitado... también son mujeres las de las organizaciones que nos apoyan». Raquel duda que pueda considerarse un «mercado feminista» cuando acaba de percibir este protagonismo femenino, pero seguro que es un buen punto de partida desde donde pensar cómo construirlo.

Cuando le pregunto a Raquel qué pensaría su abuelo del trabajo que ha hecho con el mercado Arrels me dice que nunca se había parado a pensarlo. Sonríe con la mirada perdida y luego empieza a reírse: «Me diría: “nena, como hobby sí, pero trabaja en otra cosa”. Desgraciadamente parece que tendré que trabajar en otra cosa, pero le encantaría saber que consiguió transmitirme el amor por la tierra y por esa profesión».

Patricia Dopazo Gallego
Plataforma per la Sobirania Alimentària del País Valencià
Revista SABC

  PARA SABER MÁS

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