Un diálogo con Ramona Duminicioiu

Erik Hobbelink

Ramona Duminicioiu es una campesina rumana muy comprometida con la lucha por la soberanía alimentaria. Forma parte de Eco Ruralis, un sindicato campesino que trabaja en todos los frentes posibles para preservar la agricultura de pequeña escala, luchar por los derechos de quienes la trabajan y fortalecer su capacidad de defenderse de forma colectiva. Ramona nos relata la situación que sufre Rumanía a raíz del acaparamiento de tierras y cómo se está organizando la resistencia desde el campesinado y los movimientos sociales.

 

Ramona Peter Lengyel

Ramona Duminicioiu. Foto: Peter Lengyel

LA SITUACIÓN DE ACAPARAMIENTO DE TIERRAS EN RUMANÍA

«Para nosotras el fenómeno del acaparamiento de tierras no es algo nuevo que haya llegado con el capitalismo», explica Ramona, «durante la era comunista, la tierra ya era arrebatada por el estado en procesos llamados de colectivización y las personas que se opusieron a la nacionalización de la tierra y sus recursos fueron encarceladas o enviadas a campos de trabajo». Con la caída del régimen comunista el año 1989, por primera vez en 70 años, Rumanía realizó una reforma agraria que devolvió buena parte de los títulos de propiedad sobre la tierra al campesinado. Ante esta situación, el derecho a la tierra y la consciencia de su ‘reapropiación’ dan lugar a un sentimiento identitario muy particular en la mentalidad campesina rumana.

Ramona cuenta que, con la llegada del capitalismo, jóvenes como ella viven actualmente un nuevo fenómeno de desposesión. Los informes de Eco Ruralis estiman que alrededor de 4 millones de hectáreas, casi la mitad de la tierra arable de Rumanía, está en manos de compañías multinacionales, bancos e inversores privados, nacionales e internacionales. En el caso nacional, la mayoría son actores relacionados con el ámbito político que obtuvieron las concesiones con la caída del comunismo; y en el caso internacional, predominan grandes compañías del agronegocio (Cargill) o bancos y fondos de inversión (Rabobank) provenientes de Europa occidental, los países árabes o China. Según cuenta Ramona, la finalidad de esta apropiación masiva no es otra que la especulación. «No vienen a comprar nuestra tierra para trabajarla o hacer agricultura, sino que la tratan como si fuera una mercancía, están esperando el momento oportuno para revenderla a mejor precio».

Agricultura campesina en Rumania04 Peter Lengyel

Agricultura campesina en Rumanía. Fotos: Peter Lengyel

Agricultura campesina en Rumania03 Peter Lengyel

 

 

En Rumanía el acaparamiento de tierras es un fenómeno muy relacionado con la migración, otro grave problema que está azotando su ámbito rural. El modelo agrícola y de procesado de alimentos en Europa está basado, en gran medida, en el trabajo en condiciones terribles e injustas de personas inmigrantes y refugiadas. Millones de campesinos y campesinas sienten la necesidad de emigrar a Europa occidental para alimentar a sus familias y buscar oportunidades de empleo. A menudo, acaban trabajando en explotaciones agrícolas y granjas industriales, sobre todo en España, Italia, Francia, Reino Unido y Alemania. «Nos encontrarás trabajando en mataderos, sobre todo a los hombres; y a las mujeres, en los invernaderos de Almería y Huelva, en la fresa o empaquetando hortalizas. Las historias de las familias que migran son bastante dramáticas», explica Ramona.

Otro factor que conecta el acaparamiento de tierras y la migración es la pobreza. Ramona es muy crítica sobre cómo están abordando este tema las autoridades. «En nuestra sociedad la pobreza no se analiza, más bien se emplea contra la gente y contra el campesinado. El gobierno la usa como chantaje para mantener su poder, se acuerda de ella solo para sus campañas electorales y cuando hay choques entre los partidos políticos más importantes. Necesitamos a las autoridades para poner un escudo entre el libre mercado de tierras y la población rumana, ya que el campesinado siempre está en una situación desigual con relación a la inversión, sea nacional o extranjera».

Lejos de apoyar la agricultura campesina, el gobierno tiene una agenda política muy enfocada en atraer inversión extranjera y concentrar la propiedad de la tierra. «Han gastado mucho dinero público en forzar al campesinado a vender o arrendar sus tierras en lugar de generar oportunidades en el entorno rural. El resultado es un círculo perverso, el campesinado rumano, sin posibilidad de vivir de su trabajo, deja por un periodo sus tierras y pierde el vínculo con ellas, facilitando que acaben en manos de acaparadores».

ORGANIZAR LA RESISTENCIA

Para evitar el despojo de tierras y el declive de la agricultura tradicional campesina, Ramona opina que el gobierno no aporta soluciones y resulta difícil formar alianzas entre la administración y el movimiento campesino. «El último diálogo con las instituciones no llevó a ningún lado. Esta es una democracia muy joven, más que muchos países de África, así que el nivel de nuestra política es muy bajo: no hay experiencia, ni visión, ni una base desde donde empezar a construir». Por ello, consideran estratégico tejer resistencias más amplias en procesos como el reconocimiento de los Derechos Campesinos de las Naciones Unidas junto a La Vía Campesina, que podrían utilizarse como instrumento para reivindicar alternativas a escala nacional.

Por otro lado, Eco Ruralis tiene miembros distribuidos por el país. «Sabemos lo que ocurre en todos los pequeños pueblos de Rumanía, incluso en las islas. Al contrario que nuestros políticos, prestamos atención a las cosas que nos afectan». Con su ayuda, han documentado casos muy representativos de acaparamiento de tierras y elaborado varios informes que están sirviendo como base para el trabajo en el ámbito europeo.


 
   Queremos tejer una resistencia más amplia con los países de nuestro alrededor, como Serbia, Polonia o Ucrania.   
 

Ramona tiene claro que la resistencia ante el acaparamiento de tierras también implica aliarse con Europa oriental. «Si Rumanía va sola contra el acaparamiento de tierras, no tenemos ninguna posibilidad; necesitamos solidaridad en nuestra propia región. Queremos tejer una resistencia más amplia con los países de nuestro alrededor, como Serbia, Polonia o Ucrania». Ramona también considera importante que su gobierno se involucre en este proceso y lo apoye, ya que hasta el momento se ha mostrado pasivo y ha dejado que un puñado de países de Occidente determinen la realidad de Oriente. «Sentimos mucha decepción ante la falta de diálogo con nuestro gobierno para trabajar por estos temas. Las gentes de Europa oriental tenemos mucho que decir».

En octubre de 2016, Rumanía acogió el II Foro de Nyéléni por la Soberanía Alimentaria, donde se abordó especialmente el tema del acceso a la tierra. «Tenemos muy claro cómo queremos organizarnos y con quién queremos aliarnos, estamos por delante de nuestro gobierno en términos de estrategia y visión. El encuentro de Nyéléni fue una buena oportunidad para reconectar con aliados de La Vía Campesina y construir un proceso nacional en Rumanía por la soberanía alimentaria», afirma Ramona.

UNA RESISTENCIA EN FEMENINO

Ramona reivindica que la lucha por la tierra, la semilla y la soberanía alimentaria va muy de la mano de la lucha feminista. «El papel de la mujer en la lucha por la soberanía alimentaria es esencial, son muy activas con respecto al liderazgo, tanto en lo práctico en el campo como en el ámbito político de los movimientos sociales», explica. «Desafortunadamente, aún tenemos el problema de que el papel de la mujer está muy infravalorado. Aun así, creo que el movimiento por la soberanía alimentaria tiene mucho que ver con el empoderamiento de la mujer, ya que ella es el motor del campo y tiene un papel central en todos sus procesos».
Ramona también opina que el feminismo rural está empezando a tomar forma. «Siento que las mujeres del campo estamos cada vez más organizadas, nos juntamos más para compartir perspectivas y sensibilidades. En los encuentros internacionales, las mujeres organizamos reuniones especiales con unos resultados de participación impresionantes». En Eco Ruralis tienen claro que el género es transversal y debe estar en todas partes. Su organización, al igual que La Vía Campesina, tiene la obligatoriedad de imponer cuotas de participación iguales entre hombres y mujeres. «Esta es una parte fundamental de nuestra lucha, creemos que no será posible alcanzar la soberanía alimentaria si no va acompañada del reconocimiento de los derechos de la mujer».

 
Erik Hobbelink
Activista por la soberanía alimentaria
 

El caso de Rabobank

Rabobank es un banco holandés que opera en 40 países con cerca de 10 millones de clientes y presume de ser una de las 30 mayores compañías financieras del mundo. Eco Ruralis ha documentado muy bien su trayectoria, que es, cuando menos, oscura y dudosa. En 2013 se le multó con 1000 millones de dólares por estafar con las cuotas de interés bancario y tienen inversiones en compañías productoras de armas. Su brazo agrícola, RaboFARM, ejecuta operaciones financieras masivas de compra de tierra mediante empresas subsidiarias como SC Kamparo Investment.

La presencia de Rabobank en Rumanía empezó en 2009 con un plan de inversión de 615 millones de euros durante 15 años que resultó en la compra de 21.000 hectáreas dispersas entre 50 pueblos distintos. Según su sitio web, estas tierras se alquilan a nuevos ‘arrendatarios expertos’ que se encargan de gestionarlas. Sin embargo, estos ‘arrendatarios expertos’ no son lo que parecen: incluyen políticos, oligarcas locales e incluso individuos con sentencias suspendidas por esclavitud, robo o soborno. Además, el propio Rabobank tiene documentados alquileres, efectuados vía Kamparo, a compañías que son propiedad de los gobiernos locales o están estrechamente vinculados a ellos, con lo que se genera un monopolio político que controla recursos naturales y empleos a expensas del campesinado.

Uno de los casos más sonados fue la transacción de Elena Bosca y Florita Bolos. Según informa el medio independiente The Correspondent, en 2010 Bosca denunció en las cortes que 13 personas le habían negado un acuerdo previamente cerrado para vender sus tierras. La juez en aquel momento, Florita Bolos, dictaminó a favor de Elena Bosca y le otorgó la propiedad de las tierras. En el juicio, estas 13 personas no estuvieron presentes ya que no se les informó del acto y, en efecto, habían rechazado vender sus tierras. Más tarde, en 2013, estas tierras fueron adquiridas por Kamparo. Actualmente, Bosca está siendo investigada por falsificación y abuso de autoridad, mientras que la juez Bolos está en prisión por corrupción y falsificación.

Según los informes de Eco Ruralis, la empresa Kamparo también es objeto de varias causas legales y tiene socios cercanos que están siendo investigados por corrupción. Existen evidencias que señalan que Kamparo gestionó negocios mediante intermediarios que usaron intimidación y coerción para adquirir tierras. Hubo personas forzadas a vender sus fincas por menos de 100 € por hectárea, cuando el precio de la tierra por hectárea en Rumanía está entre 2.900 € y 7.000 €. El propio Rabobank calcula un retorno de inversión de 900 millones de euros para toda la inversión, ya que pueden llegar a vender la tierra triplicando su precio de compra estándar. Con estas operaciones, Rabobank está despojando al campesinado de sus casas, su medio de vida y su futuro; y, sin duda, hay más acaparamientos por llegar, ya que aún quedan por gastar 300 millones de euros de su plan de inversión inicial.

 

  PARA SABER MÁS

   Eco Ruralis: www.ecoruralis.ro

 


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